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agachaba para abrir la espita de un barril en el suelo y llenar una jarra; y él se asomaba adormilado a la gigantesca ventana y puerta de entrada a la taberna, es decir, al gigantesco roto en el culo de la figura hueca, en cuyo borde se acodaba. EL JARDÍN DE LAS DELICIAS Y EL DESCENDIMIENTO Una escalera de mano ascendía desde el lago helado hasta el vientre en huevo roto de la figura hueca. Dentro del huevo, entre la entrada y el sapo que servía de banco, de nuevo me encontré con algo absolutamente inesperado. En mitad de una de las ramas que, como una espina, atravesaban el cuerpo de la figura hueca cruzándolo en vertical, aparecía colgada la misma ballesta con forma humana que aparecía en las tracerías de El Descendimiento. A esta sorpresa le siguió otra de igual calibre cuando, un poco más arriba, a la derecha del panel, hallé otra escalera conducente al mismo tipo de ballesta. Inspeccioné con detalle todo el panel, hasta lo más alto, hasta donde la represión de los ejércitos sobre los hombres se traducía en total destrucción; y a lo largo de todo el trayecto fui descubriendo más escaleras de mano. Los hombres crucificados, las escaleras, las dos ballestas, la temática del tríptico del Bosco… todo esto me llevó a pensar de nuevo en Roger van der Weyden y en El Descendimiento. El

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Bosco había nacido en el seno de una familia con tradición de pintores, en un lugar cercano a Lovaina, ciudad para una de cuyas iglesias se pintó .quince años antes de que el Bosco naciera. El Descendimiento, que ya en aquella época se consideraba una obra maestra. Imaginé al Bosco contemplando cada detalle del tríptico de Roger van der Weyden, meditando sobre el ingenioso simbolismo de las ballestas en las tracerías, y utilizando esa referencia, años después, en El jardín de las delicias, para representar la muerte de Jesús crucificado; hasta los gigantescos cuchillos que flanqueaban a la figura hueca parecían remitir a Roger van der Weyden, por remitir a su padre, que de profesión fue cuchillero. El jardín de las delicias y El Descendimiento se exponían en el Prado en salas 56A y 58, respectivamente, salas muy próximas entre sí, distanciadas apenas unos segundos andando, literalmente a la vuelta de la esquina. Me acerqué hasta el tríptico de Roger van der Weyden y contemplé las dos ballestas, en las tracerías, y el cuerpo inerte de Jesús, su corazón situado en el centro horizontal del cuadro. Volví ante El jardín de las delicias: también allí había dos ballestas, en el panel derecho, exactamente dos, prácticamente iguales a las de El Descendimiento.

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