
pues tenía por copa otro enorme instrumento, una gaita de color rosa, o rojo claro, de la misma tonalidad que la fuente y las vestimentas de Dios Hijo .ambos en el panel izquierdo., y del hombre en la esquina inferior derecha del panel derecho. En torno a la gigantesca gaita de tres tubos caminaban tres hombres en cueros, llevados de la mano por tres extraños seres: una bien vestida dama, un pájaro antropomorfo y una rechoncha monja. Y aún se adivinaba otra bestia tras la gaita, y otra bien visible sobre ella, encargada de interpretar la melodía. Bajo la plataforma circular, la cabeza de la figura hueca, de mediana edad y corta melena, se giraba hacia su derecha, hacia el espectador, para mirarlo de frente con su pálido e inexpresivo rostro. En el vientre de la figura hueca, dentro de la oquedad del huevo, se distinguían claramente cinco personajes de aspecto humano, tres de ellos sentados a la mesa sobre un enorme sapo que les servía de banco, en la esquina de una larga mesa de la que solo se veía su extremo izquierdo, quedando el resto de la mesa oculto en el tenebroso y a la vez fogoso interior del huevo, a la derecha de la imagen. Ante los tres personajes, sobre la mesa, solo había una jarra. Completaban la quinta la tabernera y el tabernero .por ponerles sexo, profesión y estado civil.: ella se

agachaba para abrir la espita de un barril en el suelo y llenar una jarra; y él se asomaba adormilado a la gigantesca ventana y puerta de entrada a la taberna, es decir, al gigantesco roto en el culo de la figura hueca, en cuyo borde se acodaba. EL JARDÍN DE LAS DELICIAS Y EL DESCENDIMIENTO Una escalera de mano ascendía desde el lago helado hasta el vientre en huevo roto de la figura hueca. Dentro del huevo, entre la entrada y el sapo que servía de banco, de nuevo me encontré con algo absolutamente inesperado. En mitad de una de las ramas que, como una espina, atravesaban el cuerpo de la figura hueca cruzándolo en vertical, aparecía colgada la misma ballesta con forma humana que aparecía en las tracerías de El Descendimiento. A esta sorpresa le siguió otra de igual calibre cuando, un poco más arriba, a la derecha del panel, hallé otra escalera conducente al mismo tipo de ballesta. Inspeccioné con detalle todo el panel, hasta lo más alto, hasta donde la represión de los ejércitos sobre los hombres se traducía en total destrucción; y a lo largo de todo el trayecto fui descubriendo más escaleras de mano. Los hombres crucificados, las escaleras, las dos ballestas, la temática del tríptico del Bosco… todo esto me llevó a pensar de nuevo en Roger van der Weyden y en El Descendimiento. El