
contra las indefensas y desnudas multitudes humanas. Recorrí la imagen con la vista, de abajo hacia arriba, siguiendo la trayectoria natural sugerida por la composición, haciendo eses, de lado a lado, comenzando en la esquina inferior derecha, en primer plano, y acabando en el lejano horizonte. En el mismo origen del recorrido, justo en el borde derecho del panel, había un hombre de pie, orientado de perfil hacia la izquierda. Su cara era de total asombro, casi de pánico. Vestía una túnica rosa, o roja clara, similar en color y forma al atuendo de Dios Hijo en el panel izquierdo: ver a un hombre vestido en este panel, e incluso en el tríptico, era toda una excepción. Tenía además dos cartas blancas, rectangulares, una en cada mano, selladas con cera roja; y tanto parecían cartas como delgados libros, sobre todo el más grande. La carta en su mano izquierda, a la altura de la cintura, era del tamaño de la mano, mientras que la que sostenía con la mano derecha, sobre su cabeza, a modo de sobrero plano .que más parecía paraguas, por su tamaño., era casi cuatro veces mayor: cabeza y carta .o libro. remitían a la cabeza de la gigantesca figura hueca, situada en el centro del panel, y a la plataforma plana y circular que descansaba sobre ella. En el hombro izquierdo del hombre había una especie de sapo o rana cabeza abajo. Indiferente a este animal, el hombre miraba con horror la escena

que tenía frente a sí, al otro lado del panel, donde una bestia antropomorfa, con cabeza de rata, clavaba su espada en el pecho de un hombre desnudo en el suelo, apoyado de espaldas en un tablón rectangular tan grueso como un brazo, y tan largo como una puerta, de madera, más que de barro o piedra, tumbado a lo largo y de canto. En la esquina superior izquierda del tablón había marcadas cuatro pequeñas rayas, agrupadas en paralelo sobre una línea más larga, perpendicular a ellas y al lado ancho, como marcas de contar trazadas por el filo de un cuchillo. El hombre desnudo, en cuyo pecho clavaba la rata su espada, adoptaba una pose similar a la de un crucificado: piernas juntas y algo flexionadas, brazo derecho extendido y atravesado por un largo puñal, espalda apoyada en el tablón; y se llevaba su mano izquierda a la cabeza. La postura de crucifixión, y sobre todo la relación entre los dos brazos, el largo puñal y la cabeza, me recordaron al hombre en el suelo del Guernica. La bestial rata humana, espada en diestra, agarraba con su mano izquierda al hombre por el cuello mientras le hundía la espada en el pecho derecho. Sobre la espalda de la bestia, en el centro de una especie de azulado escudo circular vuelto del revés, plato .o escudilla. a la vista, aparecía clavada a cuchillo una mano derecha, desgarrada de su cuerpo, desangrada, ya grisácea. La mano, arrancada en bendición, replicaba la pose de la