.No hay de qué. 

Y acompañando sus palabras con un gesto de la 
mano se despidió. Seguí con la mirada su caminar 
sofisticado. El mar de madera de jatoba caía 
rendido a sus pies. El percutir sinfónico de sus 
tacones transmitía la elegancia de aquella mujer a 
todos los rincones de la sala mientras la cruzaba 
hacia el otro extremo para tomar las escaleras y 
dejarme sepultado en mi pirámide. 

«Así que esta es Marianne», pensé cuando salió 
de la sala. Al instante una pregunta fatal me 
descompuso el alma: «¿Y si no vuelvo a verla?». 
No lo dudé. Recogí los libros, entregué el 
catálogo a la bibliotecaria y salí tras ella. Apenas 
había gente en la calle. En la ronda de Atocha 
miré hacia ambos lados pero no la vi. Caminé 
hasta la esquina de la calle de Argumosa. 
Tampoco la vi. Marianne tenía por fuerza que 
haber doblado la esquina opuesta, dirección a la 
calle Atocha. Corrí hacia allí. Al doblar la 
esquina y ver a Marianne a lo lejos, desapareció 
de pronto la angustia que me torturaba. Sin parar 
de trotar me dirigí hacia ella. Cuando Marianne 
estaba casi a punto de llegar a la calle Atocha, un 
hombre se abalanzó sobre ella e intentó quitarle el 
bolso. Marianne se defendía con una mano 
mientras con la otra se aferraba a su bolso. El 
ladrón volvió a intentarlo. Exploté a correr hacia 
Marianne. «¡Eh!», grité, «¡Tú!… ¡Suelta a esa 
chica!». El hombre me miró por un instante; pero

enseguida volvió a tirar de la correa del bolso, 
arrastrando con ella a Marianne. Aceleré el paso. 
Cuando estaba a unos diez metros volví a gritar y 
el hombre miró de nuevo; y al ver que me iba a 
echar encima suya desistió de su empeño, empujó 
a Marianne y salió corriendo calle arriba. Corrí 
tras él sólo unos metros; porque enseguida me di 
la vuelta y fui a atender a Marianne, que había 
quedado tendida en el suelo. 

.¿Estás bien? 

.Sí… .dijo un tanto confusa llevándose la 
mano al cuello con un gesto de dolor. 

Al mirarme quedó pensativa. 

.¿No eres tú…? 

.Sí, el de la biblioteca. He salido justo 
después de ti. Estaba a unos treinta metros cuando 
he visto que intentaban robarte. 

.Gracias a Dios que estabas ahí. 

La ayudé a levantarse. La seriedad de su rostro 
aún reflejaba la tensión del momento. 

.¿Quieres que llame a la policía? .le dije. 

.No, no es necesario, ya estoy bien. 

Marianne inspeccionó el bolso. Sacó un 
pequeño ordenador portátil, lo abrió y pulsó el 
botón de encendido; y al comprobar que el 
forcejeo no lo había dañado suspiró aliviada. 

.¿Te traigo algo, una botella de agua, un 
refresco?
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