
el otro lado, hacia el montón de libros a mi izquierda. .Me estoy volviendo loco intentando poner orden entre tantas obras .le dije. Y señalándole una de ellas, del Legado Picasso de 1981, fechada el 1 de mayo de 1937, comenté: .Fíjate en este caballo 1461 .e hice una pausa.. ¿No te parece increíble? 1461 Estudio para el caballo I (sábado 1 de mayo de 1937; grafito sobre papel; 21 cm × 26,9 cm), de Pablo Ruiz Picasso, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (DE00056), Madrid. museoreinasofia:[1 2] google:[imágenes web] #ahsLPA4 wiki Aquel caballo llenaría de orgullo a unos padres que se lo vieran pintar a su hijo de tres años. .Genio y figura… .dijo, y me regaló otra sonrisa que acabó de robarme el corazón.. Una bibliotecaria me ha dicho que estabas esperando por este catálogo .y volvió a enseñarme el volumen.. .¿Es el catálogo de Zervos de 1937? .Sí. Te lo he venido a traer. Toma, aquí lo tienes .y me lo entregó.. .Gracias. .De haber sabido que alguien estaba esperando por él lo habría entregado un poco antes. .No te preocupes. De hecho, los cuadros que buscaba también los he encontrado en estos libros. .Bueno, no te molesto más. Chao. .Chao. Y gracias por acercarme el catálogo.

.No hay de qué. Y acompañando sus palabras con un gesto de la mano se despidió. Seguí con la mirada su caminar sofisticado. El mar de madera de jatoba caía rendido a sus pies. El percutir sinfónico de sus tacones transmitía la elegancia de aquella mujer a todos los rincones de la sala mientras la cruzaba hacia el otro extremo para tomar las escaleras y dejarme sepultado en mi pirámide. «Así que esta es Marianne», pensé cuando salió de la sala. Al instante una pregunta fatal me descompuso el alma: «¿Y si no vuelvo a verla?». No lo dudé. Recogí los libros, entregué el catálogo a la bibliotecaria y salí tras ella. Apenas había gente en la calle. En la ronda de Atocha miré hacia ambos lados pero no la vi. Caminé hasta la esquina de la calle de Argumosa. Tampoco la vi. Marianne tenía por fuerza que haber doblado la esquina opuesta, dirección a la calle Atocha. Corrí hacia allí. Al doblar la esquina y ver a Marianne a lo lejos, desapareció de pronto la angustia que me torturaba. Sin parar de trotar me dirigí hacia ella. Cuando Marianne estaba casi a punto de llegar a la calle Atocha, un hombre se abalanzó sobre ella e intentó quitarle el bolso. Marianne se defendía con una mano mientras con la otra se aferraba a su bolso. El ladrón volvió a intentarlo. Exploté a correr hacia Marianne. «¡Eh!», grité, «¡Tú!… ¡Suelta a esa chica!». El hombre me miró por un instante; pero