Cuando se le pregunta a un artista por el 
significado de alguna de sus obras, es 
comprensible que el artista sólo lo indique de 
forma superficial o genérica. Una obra compleja, 
rica en matices, ambigua, camaleónica, en la que 
se fundan múltiples relaciones y referencias, en la 
que un gran número de interpretaciones se 
combinen amplificándose entre ellas, en la que el 
contenido y su significación se transformen 
misteriosamente con cada paso creativo, en la que 
el artista se deje llevar incluso por la intuición o 
el sentimiento o lo puramente visual e irracional, 
una obra así necesitaría tanto esfuerzo lingüístico 
para ser descrita que es comprensible que el 
artista rehúse dar explicaciones. Por eso el pintor 
pinta y no escribe; porque encuentra que la 
pintura es el medio que mejor le permite expresar 
sus ideas y sentimientos. Esta es la razón de ser 
de la pintura. No se trata de explicar una 
expresión en un rostro recurriendo al formato 
lineal y monocromo de la palabra escrita, sino de 
pintarla, de darle con la pintura todos los matices 
que se desea que tenga. Evidentemente, también 
se puede proceder así con las palabras, y el 
resultado sería un poema o una novela. Pero 
Picasso, cuando pintaba, era un pintor; y tenía 
toda la razón cuando decía que de querer explicar 
su obra no la hubiera pintado sino descrito con 
palabras.

La estantería que albergaba los libros que 
estaba ojeando, en la biblioteca del Reina Sofía, 
se extendía por todo el lateral de la sala. En 
paralelo a ella se extendía, a escaso metro y 
medio de distancia, una especie de resalte, 
también de madera, a modo de banco, en el que 
iba dejando abiertos algunos de los libros que 
consultaba, para poder comparar los textos. 
Algunos de ellos afirmaban que era conocida la 
tendencia de Picasso a introducir cierta 
ambigüedad interpretativa en sus obras. Otros 
afirmaban que Picasso huía de los clichés y de su 
utilización para expresar lo evidente. Estos y 
otros comentarios me indujeron a pensar que, por 
más compleja como ya era mi interpretación del 
Guernica, aún podía serlo más, pues ni había 
analizado en detalle muchos de los personajes y 
elementos del cuadro, ni había estudiado a fondo 
las otras 62 obras del Legado Picasso de 1981. 

Sorprendía la cantidad de obras del Legado 
Picasso de 1981 dedicadas a representar 
exclusivamente una cabeza. Las había de todos 
los tipos: de hombre, de mujer, de toro, de caballo, 
de minotauro, y hasta indefinibles, unas serias, las 
más aterrorizadas. Jamás había visto tantas y tan 
extrañas cabezas juntas. En la guerra todos 
pierden la cabeza. Las cabezas de las bombas 
vuelan y hacen volar por los aires las cabezas 
humanas. Y así las retrató Picasso, con su
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