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Fue deseo de Picasso que el Guernica se integrase en el Museo del Prado. Sus razones tendría. Su petición parecía ajustarse a razones estrictamente interpretativas: solo si el Guernica se exhibía en el Prado podría el visitante llegar a descubrir de manera subliminal la complejidad de los relatos del Guernica, por identificación con los de otras obras del museo, e incluso con los de obras de otros museos, obras que el visitante conociera y ahora recordase, por caminar entre obras contemporáneas de aquellas. Y es que el Guernica es un gigantesco collage construido con pedazos del alma de Picasso y alusiones a otras obras maestras, sabiamente interpretadas, obras a las que autentifica, como una firma criptográfica, pues construye su mensaje en base a ellas y al mismo tiempo las dota de sentido al interpretarlas. Así sería percibido por los visitantes de dentro y fuera de España que, con esas otras obras maestras en mente, acudieran al Prado a contemplar la obra de Picasso. Sin embargo, a la luz y ojos de la era digital ya no es imprescindible la cohabitación física del Guernica con todas esas obras .menos aún una vez descubiertas tales alusiones., cohabitación que, por otra parte, resulta imposible de conseguir debido a la innumerable cantidad de lienzos, de dentro y fuera de España, que parecen confluir en el Guernica. Mover y reunir cuadros solo para que dialoguen entre sí queda muy bien, e incluso da

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mucho dinero a quien organiza tales saraos; pero es una barbaridad contraria al patrimonio artístico, máxime cuando basta con entregarle al espectador el guión de los supuestos diálogos para que sea él mismo el que dirija y monte en su cerebro la escena que desean pintarle. Las barbaridades que los guionistas escriben en sus diálogos solo deben afectar a los cerebros, donde el daño es reparable; pero nunca a las obras. Respecto a los comentarios que leí sobre cómo debía de interpretarse el Guernica, varias cosas me llamaron la atención. No eran pocos los que, conscientes de su ceguera, disparaban interpretaciones hacia todos lados, como pensando «alguno tiro acertará»; pero ni con esas. Tampoco logré encontrar ningún comentario que estableciera la relación que yo había establecido entre el Guernica y la obra de Roger van der Weyden. Ni siquiera vi el nombre del pintor flamenco en el índice alfabético que algunos tomos incluían en sus páginas finales. Los libros se hacían eco de las opiniones de Picasso sobre Durero, Miguel Ángel, Rafael, Tintoretto, el Greco, Caravaggio, Rubens, Poussin, Velázquez, Rembrandt, Murillo, Goya… La lista era interminable, pero en ella no aparecía Roger van der Weyden. Lo que sí que descubrí .y con mayúscula sorpresa. fue que las iniciales que creía ver en el Guernica no eran algo nuevo en la vida y obra de

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