Bosco podía ser más visionario: primero fue la 
radio; ahora, la televisión. Y la cabeza del hijo, 
bien centrada, aparecía a la izquierda de la cabeza 
del padre .según se mira. cuando Homer 
Simpson era el hijo y su padre era su padre 
.cabeza (17), coronada de alucinaciones, por el 
hongo alucinógeno.. No me lo podía creer: 
Padre, hijo… y espíritu de simio, pues eso parecía 
la cabeza que completaba la mundana trinidad, a 
la izquierda del panel central, en la mitad inferior 
.cabezas (18), con boca en el hogar, cerebro de 
multitudinaria procesión, y múltiples pares de 
ojos, cerrados en las sombras, abiertos en las 
cabezas.; la serpiente del paraíso se le subía a la 
cabeza, cual gusano infiltrado en su cerebro, cual 
pecaminosa idea; las neuronas .Adán y Eva. 
mordían el anzuelo y se multiplicaban. La 
cabeza (12), que surgía de entre la densa 
vegetación humana que poblaba el panel central, 
y asomaba su coronilla sobre la misma línea de 
horizonte del tríptico, parecía por esto .y por su 
pose. conectar con la cabeza del misterioso 
personaje que asomaba tras la vegetación, sobre 
el carro de heno, jarra en alto, sobre la misma 
línea de horizonte del tríptico. 

En estas cosas tenía puesto mi pensamiento 
cuando sentí que alguien me tocaba el hombro 
por la espalda. Era un empleado del museo. 

.Perdone usted .me dijo.. Se le ha caído 
esto.

Y me enseño un pequeño papel satinado, del 
mismo color dorado de las tapas del libro que 
tenía entre mis manos, y no más ancho ni largo 
que mi dedo índice. El empleado debió de 
relacionar el color del papel con el del libro, y lo 
mismo hice yo, pues pensé que quizá el papel 
fuese un pequeño marcador de páginas que venía 
incluido en el libro, y que permaneció oculto 
entre sus páginas hasta aquel momento. 

.Gracias .contesté un tanto confuso. 

Y acepté el pequeño papel satinado. Al mirarlo 
más de cerca vi que estaba grabado por ambas 
caras con una recargada filacteria de color negro, 
y que cada filacteria contenía una frase impresa 
en una caligrafía casi ilegible: «Busca el tiempo 
en el origen de los tiempos», rezaba una de ellas; 
«Busca en el tiempo el fin de los tiempos», decía 
la otra. Afirmaciones a cuál más críptica. Sin 
duda, el Bosco debió de encontrar la solución a 
ambos enigmas: su visionaria pintura le convertía 
en perfecto candidato a viajero en el tiempo 
.máquinas las hay 1215.. Bastaba con comparar 
el panel central y el panel derecho, de El carro de 
heno, para percibir de inmediato el fantástico 
paralelismo que entre ambos existía, paralelismo 
que permitía desvelar otro místico y mundanal 
mensaje contenido en esta milagrosa obra del 
Bosco: es el propio ser humano, conducido por su 

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