hombre, Adán, no se sintiera solo, le trajo a todos 
los animales, con el fin de que les pusiera nombre 
y le hicieran compañía. Y no encontrando entre 
ellos compañía adecuada para Adán, le hizo 
dormir, le quitó una costilla y de ella hizo a la 
mujer. El hombre y la mujer estaban desnudos y 
aun así no sentían vergüenza. De esta forma 
concluía el capítulo segundo. El panel izquierdo 
sintetizaba esta historia, haciendo hincapié en el 
momento en el que Dios .con la apariencia de 
Jesucristo., tras crear a la mujer, se la 
presentaba a Adán. La mano derecha de Dios 
adoptaba la forma tradicional de tres dedos en 
alto, en bendición, con el meñique y el anular 
recogidos. La mano izquierda de Dios tomaba el 
brazo derecho de la mujer. 

Capítulo tres del Génesis, resumido: la 
serpiente tienta a la mujer, que come del fruto 
prohibido y se lo da a probar a Adán; de 
inmediato ambos se dan cuenta de su desnudez, 
sienten vergüenza y cubren sus partes con hojas 
de higuera; Dios descubre la desobediencia y 
castiga a la serpiente .a arrastrarse y comer 
tierra.; y también castiga a la mujer .a parir 
con dolores. y a Adán .a ganarse el pan con el 
sudor de su frente; «polvo eres y en polvo te 
convertirás», le dice Dios.; Adán le pone 
nombre a su mujer, la llama Eva; Dios viste a 
Adán y Eva y los expulsa del paraíso; y en la 
entrada coloca a un ángel armado con una espada

de fuego para que guarde el camino al árbol de la 
vida. 

Dios es infalible, por definición. Cualquier 
interpretación teológica del texto del Génesis no 
puede concluir otra cosa. Sin embargo, desde un 
punto de vista literario y exclusivamente 
argumental, estos tres primeros capítulos del 
Génesis, y en especial el tercero, me parecieron 
crueles e injustos con el hombre y la mujer, y 
hasta con la serpiente, pues los tres seres fueron 
creados imperfectos y situados en el lugar y 
momento equivocados, junto a un árbol también 
injustamente responsable de lo que luego 
ocurriría. No es propio de un ser perfecto crear la 
vida para luego, sin más, condenarla al 
sufrimiento y a la muerte. ¿Qué se diría de un 
padre que obligara a nacer a su hijo para hacerle 
sufrir y finalmente matarlo? Planes así sólo 
podían ser elucubrados por demonios tan 
humanos como el más común de los mortales, 
pero con el odio de todos ellos juntos, un odio 
que había aplastado a la humanidad durante 
milenios, como lo haría una losa gigantesca sobre 
un minúsculo animal; y tan pesada era la piedra 
que no había quien fuera capaz de levantarla, y 
menos aún con tantos y tan perversos demonios 
como acudían desde todos los ámbitos de la vida 
para subirse a ella y defecar allí sus maldades con 
el fin de hacerla aún más pesada. ¿Quién podría 
librar a la humanidad de semejante lastre? ¿O era
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