tendida de costado a los pies del Guernica: los 
pequeños círculos remitían a las redondeadas 
rodillas delanteras del equino, que enmascaraban 
y endurecían los pezones de la mujer oculta, 
visible a mis ojos. 

LAS INICIALES 

Y si las manos adquirían formas humanas, y 
había flechas que señalaban relaciones, y pechos 
que como flechas las confirmaban, no parecía 
descabellado pensar que, si la mujer que había en 
el centro del cuadro simbolizaba a la Virgen 
María, entonces el palo roto, o vara rota, o cara 
rota del palo, o de la vara, que salía de la cara de 
la mujer, mostrase de forma inconfundible, con 
sus astillas, las letras «V» de Virgen y «M» de 
María, y en ese orden. Para más inri, ese mismo 
palo roto, quebrado en la flecha cuya punta 
tocaba el cuello de Jesús, daba forma a una letra 
«J», de Jesús. Tal fue el ingenio que Picasso 
desplegó en el Guernica que incluso parecían 
existir símbolos de tal naturaleza, conducentes a 
un fin escrupulosamente concreto: el de dejar 
constancia explícita e inequívoca de la identidad 
de los personajes. 

«María: he ahí a tu hijo. Juan: he ahí a tu 
madre». Con estas palabras unió Jesús, desde la 
agonía en la cruz, a su madre María con su 
querido discípulo Juan. El toro, en el Guernica, 
protegía con su cuerpo a María; por su posición

simbolizaba al Juan el Evangelista de El 
Descendimiento. La posición relativa del toro y la 
mujer también remitía a la poses de Juan y María 
en otras obras de Roger van der Weyden en las 
que Juan sostenía a María con sus brazos, 
sugeridos en el Guernica con las patas del toro. 
Un ejemplo era el díptico de El Calvario, donde 
ambos personajes aparecían a la izquierda, como 
en el Guernica. 

Me fijé en la figura del inmenso toro. Picasso 
no había pintado la pata trasera derecha del 
animal, pues se ocultaba tras la mujer con el niño. 
O quizá sí la pintó; porque parecía como si 
Picasso deseara unir el toro y la mujer utilizando 
el brazo izquierdo de la mujer .más que el 
derecho. para simbolizar también la pata del 
toro, duplicando otra relación similar, la que se 
intuía entre los genitales del animal y el pecho de 
la mujer. 

La cabeza del niño, en brazos de la mujer, 
parecía encerrar más de una clave. La mitad 
inferior de la cabeza sugería a su vez otra cabeza 
.cabeza (5), invertida respecto de la original. 
que miraba fijamente hacia abajo, hacia la mano 
izquierda del hombre en el suelo. Los labios 
cerrados, y los ojos y la nariz, remitían a formas 
sexuales femeninas y masculinas, 
respectivamente. 

Pero la mayor sorpresa me la llevé al fijarme en 
los cuartos traseros del toro. Allí vi una jota
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