sufrimiento. Aquí, sentado, de poca ayuda puedo 
ser. Durante décadas habéis sido misericordiosos 
para conmigo: me habéis provisto de recursos 
suficientes para subsistir; me habéis respetado; 
me habéis hecho compañía… Ahora me toca a mí 
hacer lo mismo por vosotros, y por otros como 
vosotros, por aquellos que menos tienen, 
ayudándoles a aliviar su sufrimiento. Y solo hay 
una forma de hacerlo: retornar a la sociedad de la 
que salí hace ya tanto tiempo; y trabajar como 
trabajáis vosotros; y hacerlo por el bien de todos; 
porque ese será mi propio bien, y el de los seres 
de mi pasado, y el de los seres de mi futuro. Y 
aunque esté viejo y para poco valga ya, intentaré 
acometer alguna labor que se ajuste a mis fuerzas 
y pueda darme lo poco que necesito para vivir». 
El santo calló. Nadie osó romper el silencio. 
Nadie se atrevió ni siquiera a moverse. 
Comprendieron que con aquellas palabras el 
sadhu les estaba convirtiendo a ellos mismos en 
santos y sabios; que les estaba diciendo que lo 
habían sido siempre pero, como le ocurrió 
también al sadhu, nunca se habían dado cuenta 
hasta aquel preciso instante. Fueron las palabras 
más reveladoras que jamás habían escuchado, y 
las últimas que necesitaron escuchar; porque 
sabían que en aquel instante todos habían 
participado de la máxima sabiduría y santidad de 
que era posible participar en este mundo. Ya no 
era tiempo de palabras; era tiempo de obras, de

buenas obras. El sadhu se quitó el collar de flores 
y lo depositó rodeando la tinaja. La infinita paz 
que sólo otorga la máxima sabiduría iluminaba 
ahora las caras algo tristes de quienes le rodeaban 
y hacía brillar sus ojos cristalinos. Algunos 
miembros del grupo se miraron entre ellos; y sin 
versar palabra se entendieron, se levantaron al 
unísono, cogieron al sadhu con reverencia por los 
brazos y le ayudaron a ponerse en pie. «Si me 
hiciera el inmenso honor de venir conmigo a mi 
casa, allí podría usted vivir y ayudar de la forma 
que usted dice .dijo el de la bicicleta.. Usted 
fue profesor antes que sadhu y yo necesito de 
alguien que cuide de mis hijos pequeños mientras 
mi esposa y yo estamos en el trabajo». «Si me 
hiciera usted el honor, también podría ayudar a 
mis cinco hijos pequeños en sus deberes al salir 
de la escuela», dijo el que hacía tan sólo unos 
minutos se había preocupado tanto por haber 
tenido tanta descendencia. Y así fueron otros 
ofreciéndole trabajos al santo. Y el santo les 
agradeció con reverencias su infinita misericordia. 

Mientras todos se agrupaban en torno al sadhu, 
de pie junto a la tinaja, yo paré mi grabadora y 
agradecí las explicaciones al señor que me había 
invitado. También le pregunté si sería posible 
sacarle una foto al asceta como recuerdo de aquel 
momento, con vistas a ilustrar un reportaje. El 
hombre le trasladó la pregunta al santo. Todos 
asintieron con una sonrisa al escuchar la
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