
exista a otro nivel de conciencia superior ni que el sufrimiento del nuevo ser no sea tan real y doloroso como el sufrimiento del antiguo, haciendo igual de necesario tanto antes como ahora el esfuerzo para su minimización». Todos se miraron reconociendo en aquellas palabras sus limitaciones; porque lo cierto es que se estaban volviendo a perder en los razonamientos. Sí que llegaban a entender la relación entre el adulto y el niño, y cómo lo que parecía un mismo sufrimiento estaba afectando en realidad a dos seres distintos; eso sí creían comprenderlo, pero intuían que además había otra idea más general en aquel mensaje, una idea que a ellos se les escapaba, una idea que sólo aquel sabio podía aspirar a comprender. Volvió el silencio y el santo retomó la palabra: «Quienes en busca de su propio beneficio obligan a vivir a otros, están retrocediendo hacia el origen del sufrimiento y vulnerando el primero de los derechos del ser, el derecho a no ser obligado a adquirir la capacidad de sufrir. Buscar beneficio en lo inevitable y necesario, y anteponerlo al sufrimiento que se genera, es sólo propio del egoísmo propio del ignorante». Y se hizo el silencio. «¡Qué quiere decir eso!», dijo uno con preocupación, «¡yo tengo siete hijos!» 1012. «Pero tú eres una buena 1012 Mateo 19, 14 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Marcos 10, 14 vatican:[español latín] latinvulgate biblos

Lucas 18, 16 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Juan 3, 17 vatican:[español latín] latinvulgate biblos 1 Juan 4, 9-14 vatican:[español latín] latinvulgate biblos persona», le respondió el de al lado, tranquilizándole. Y todos callaron, expectantes, deseando conocer por donde seguiría el discurso. El sadhu continuó: «Aquellos que intentan minimizar su ignorancia, y con ello su egoísmo, avanzan hacia el final del sufrimiento, tanto propio como ajeno, y son los llamados a crear el misericordioso camino de retorno a la no vida; porque la no vida no es el final, por no ser la vida el principio». Todos se vieron identificados en estas palabras; y una sonrisa generosa retornó a sus labios. No hizo falta hablar, bastaron unas simples miradas de complicidad para que entre todos se dieran a entender que también se consideraban parte de esos elegidos. «Y así es como el universo nace, sueña y se convierte en ser consciente, a través de los sueños y conciencia de los seres que ha creado», y en este punto el sadhu hizo una señal con su mano derecha y dio por terminado su discurso. La idea que transmitían estas últimas palabras también resultaba sorprendente, tanto como hermosa y reconfortante, lo que contribuyó a que el grupo de seguidores quedara satisfecho y se alegrara por haber asistido una vez más a lo que consideraban un encuentro místico con la verdad.