
comprensión, alguno incluso de júbilo, que hubo hasta quien se llevó las manos a la cabeza y rió abiertamente por la sutileza e ingenio que creyó ver en aquel razonamiento. Todos se desvivieron en elogios y alabanzas a aquel santo varón, por todo lo cual tardó algo más en hacerse el silencio. El sadhu esperó, paciente, y luego prosiguió su discurso: «Si un ser es aquello que lo constituye, y aquello que lo constituye ha existido siempre y siempre existirá, entonces el ser siempre ha existido y siempre existirá. Y todo lo que existe conforma a un ser único, que ha existido siempre y siempre existirá; porque todo lo que existe ha existido siempre y siempre existirá». Estas palabras llevaron la seriedad de nuevo a todos los rostros. La afirmación no parecía tan evidente. «¿Quién es ese ser? ¿Dios?», dijo uno. «¡Cómo puede un ser existir siempre!, ¡los seres nacen y mueren!», comentó otro de los congregados a la charla. La inquietud les llevó a hablar en voz baja entre ellos, unos preguntando y otros conjeturizando respuestas. «¿Cuándo nace la cadena de una bicicleta?», preguntó uno, respondiéndose a su vez con más preguntas: «¿Nace cuando se ensamblan los eslabones de hierro, o cuando nace el hierro que forma los eslabones? Todo se remonta al origen más antiguo». «Pero una bicicleta no es un ser», dijo otro. «Da igual», le respondió el primero. «Pero una bicicleta no es solo una pieza, son todas las

piezas juntas», replicó otro. «¿Y si las piezas se hacen hoy y no se ensamblan hasta dentro de mil años, cuántos años tendrá entonces la bicicleta recién ensamblada?», volvió a responder el primero. Todos dudaron; y sin quedar ninguno totalmente satisfecho decidieron cesar las discusiones y callar para que el sadhu pudiera seguir con su discurso. Tras hacerse el silencio el sadhu continuó: «Y al igual que el niño crece, se convierte en adulto y se reconoce en el niño que fue y que ya no es, cada ser debiera de reconocer al resto de seres como los seres que fue y que ya no es; y debiera también de respetarles como tales; porque de ellos procede y a ellos volverá. Y el hecho de que el ser humano no sea capaz de concebir este vínculo consciente, pero sí sea capaz de concebir el vínculo consciente entre el adulto y el niño, no es muestra más que de sus limitaciones, y no significa que el vínculo no exista a otro nivel de conciencia superior». A medida que el sabio elaboraba sus razonamientos los rostros reflejaban la complejidad que se le suponía a la idea; y ya había alguno que se rascaba la cabeza intentando comprender aquellas intrincadas razones. «Quiere decir que somos las cosas que comemos», dijo uno. «Y lo que comen los que comemos», insistió el de la bicicleta. Tras algunas consultas entre ellos y explicaciones para todos los gustos, todos quedaron en silencio y el sabio pudo continuar: «Porque el ser que sabe que