
silencio para caer en él de nuevo tras acabar la frase. Todos los allí reunidos se miraron. Cada cual corroboró a su manera la certeza que creía encerraba aquella afirmación; unos lo hicieron con gestos, otros con pequeños comentarios. Cuando acallaron los rumores y las miradas volvieron a concentrarse en el orador, el sadhu continuó: «La vida es inevitable porque los elementos se combinan de forma que no pueden evitar crearla»; y todos asintieron complacidos, como si en esta frase vieran reflejado el resumen exacto de su propio pensamiento. Cuando se hizo de nuevo el silencio, el sabio volvió a hablar: «La vida es necesaria». La escueta frase logró borrar de sopetón la sonrisa de todos los rostros, reflejo ahora de la sorpresa que les sobrevino al escuchar aquella afirmación. ¡Cómo podía ser la vida necesaria!, parecían exclamar aquellos hombres con sus cejas encogidas y su rostro deformado por la incomprensión. El santo esperó pacientemente a que volviera la calma y luego retomó su discurso: «La vida es necesaria porque, al ser inevitable y existir el sufrimiento, ha de haber quien permanezca vivo, sacrificándose, para hacer lo menos doloroso posible el retorno a la no vida de los que ya viven y vivirán. Este es el verdadero sentido de la vida». Todos quedaron atónitos por un instante, con el alma puesta en desentrañar la lógica de aquellas palabras. Al momento llegaron los primeros gestos de

comprensión, alguno incluso de júbilo, que hubo hasta quien se llevó las manos a la cabeza y rió abiertamente por la sutileza e ingenio que creyó ver en aquel razonamiento. Todos se desvivieron en elogios y alabanzas a aquel santo varón, por todo lo cual tardó algo más en hacerse el silencio. El sadhu esperó, paciente, y luego prosiguió su discurso: «Si un ser es aquello que lo constituye, y aquello que lo constituye ha existido siempre y siempre existirá, entonces el ser siempre ha existido y siempre existirá. Y todo lo que existe conforma a un ser único, que ha existido siempre y siempre existirá; porque todo lo que existe ha existido siempre y siempre existirá». Estas palabras llevaron la seriedad de nuevo a todos los rostros. La afirmación no parecía tan evidente. «¿Quién es ese ser? ¿Dios?», dijo uno. «¡Cómo puede un ser existir siempre!, ¡los seres nacen y mueren!», comentó otro de los congregados a la charla. La inquietud les llevó a hablar en voz baja entre ellos, unos preguntando y otros conjeturizando respuestas. «¿Cuándo nace la cadena de una bicicleta?», preguntó uno, respondiéndose a su vez con más preguntas: «¿Nace cuando se ensamblan los eslabones de hierro, o cuando nace el hierro que forma los eslabones? Todo se remonta al origen más antiguo». «Pero una bicicleta no es un ser», dijo otro. «Da igual», le respondió el primero. «Pero una bicicleta no es solo una pieza, son todas las