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el brazo, indicándome así que me acercara. No sin cierto reparo me aproximé hasta él y me agaché para ponerme a su altura. Fue entonces cuando me contó lo que ya me suponía: que la persona que meditaba ante nosotros era un asceta, un hombre que había renunciado a la vida convencional para dedicarse por completo a la vida contemplativa; que aquel hombre era un santo, de los llamados sadhus, de los millones que había repartidos por toda la India, visionarios a quienes la gente solía acudir para ser iluminada por sus reflexiones. También me dijo que aquella persona en particular era muy conocida en la región, pues llevaba décadas en aquel lugar, resolviendo dudas trascendentales y compartiendo amablemente sus pensamientos con todo aquel que se le acercaba, tal y como parecía estar a punto de suceder ahora. El respeto y la admiración por aquel hombre llegaba a tanto que había quien le veneraba como a una divinidad, según me dijo mi interlocutor. Esta introducción tan generosa logró avivar mi curiosidad de forma inusual y multiplicó mis deseos de escuchar las palabras de aquel místico. Y así fue como aquel amable señor me invitó primero a unirme al grupo y fue luego traduciéndome lo que el asceta decía, una vez que empezó a hablar, imitándole incluso en su voz pausada, misteriosa, rotunda en ocasiones: «La vida es inevitable», dijo el sadhu abriendo los ojos de improviso y rompiendo el

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silencio para caer en él de nuevo tras acabar la frase. Todos los allí reunidos se miraron. Cada cual corroboró a su manera la certeza que creía encerraba aquella afirmación; unos lo hicieron con gestos, otros con pequeños comentarios. Cuando acallaron los rumores y las miradas volvieron a concentrarse en el orador, el sadhu continuó: «La vida es inevitable porque los elementos se combinan de forma que no pueden evitar crearla»; y todos asintieron complacidos, como si en esta frase vieran reflejado el resumen exacto de su propio pensamiento. Cuando se hizo de nuevo el silencio, el sabio volvió a hablar: «La vida es necesaria». La escueta frase logró borrar de sopetón la sonrisa de todos los rostros, reflejo ahora de la sorpresa que les sobrevino al escuchar aquella afirmación. ¡Cómo podía ser la vida necesaria!, parecían exclamar aquellos hombres con sus cejas encogidas y su rostro deformado por la incomprensión. El santo esperó pacientemente a que volviera la calma y luego retomó su discurso: «La vida es necesaria porque, al ser inevitable y existir el sufrimiento, ha de haber quien permanezca vivo, sacrificándose, para hacer lo menos doloroso posible el retorno a la no vida de los que ya viven y vivirán. Este es el verdadero sentido de la vida». Todos quedaron atónitos por un instante, con el alma puesta en desentrañar la lógica de aquellas palabras. Al momento llegaron los primeros gestos de

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