También me topé con un grupo de personas 
bien vestidas, alguno incluso con corbata y 
maletín, todos ellos en cuclillas en torno a un 
personaje pintoresco, un varón entrado en años, 
de larga barba puntiaguda, espesos bigotes, nariz 
afilada y amplia frente, un hombre que, de 
haberle recortado su populosa melena, 
desmaquillado su bruñida tez, vestido con 
discreción .apenas llevaba puesto un 
taparrabos. y dotado de unas gafas circulares se 
hubiera convertido en clon de Valle-Inclán 1011. El 
hombre permanecía inmóvil, sentado en la tierra, 
cruzado de piernas con la espalda recta, la cabeza 
erguida, los ojos cerrados y un amplio collar de 
flores de color amarillo intenso colgándole del 
cuello: el hombre meditaba. Mientras, agachados 
a su alrededor, los otros lo observaban en silencio, 
esperando pacientemente su despertar. 

1011 Ramón María del Valle Inclán (Villanueva de Arosa,1866 R 
Santiago de Compostela, 1936). 

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Me quedé un rato mirando al grupo, 
contemplando aquella estampa tan irracional, 
intentando adivinar qué motivo podría haber para 
que unas personas de apariencias tan dispares 
decidieran reunirse en un lugar como aquel, en 
mitad de ningún sitio. En esta espera, uno de ellos, 
el de la corbata y maletín, se giró un poco y me 
vio, y notando mi curiosidad, me hizo gestos con

el brazo, indicándome así que me acercara. No 
sin cierto reparo me aproximé hasta él y me 
agaché para ponerme a su altura. Fue entonces 
cuando me contó lo que ya me suponía: que la 
persona que meditaba ante nosotros era un asceta, 
un hombre que había renunciado a la vida 
convencional para dedicarse por completo a la 
vida contemplativa; que aquel hombre era un 
santo, de los llamados sadhus, de los millones 
que había repartidos por toda la India, visionarios 
a quienes la gente solía acudir para ser iluminada 
por sus reflexiones. También me dijo que aquella 
persona en particular era muy conocida en la 
región, pues llevaba décadas en aquel lugar, 
resolviendo dudas trascendentales y 
compartiendo amablemente sus pensamientos con 
todo aquel que se le acercaba, tal y como parecía 
estar a punto de suceder ahora. El respeto y la 
admiración por aquel hombre llegaba a tanto que 
había quien le veneraba como a una divinidad, 
según me dijo mi interlocutor. Esta introducción 
tan generosa logró avivar mi curiosidad de forma 
inusual y multiplicó mis deseos de escuchar las 
palabras de aquel místico. Y así fue como aquel 
amable señor me invitó primero a unirme al 
grupo y fue luego traduciéndome lo que el asceta 
decía, una vez que empezó a hablar, imitándole 
incluso en su voz pausada, misteriosa, rotunda en 
ocasiones: «La vida es inevitable», dijo el sadhu 
abriendo los ojos de improviso y rompiendo el
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