
me había parado yo. Y junto a la puerta se había parado un desangelado perro, triste y flaco como pocos. Salían los chavales a lo suyo, como es natural, como si no existiésemos ni el perro ni yo. Y al llegar a la carretera, cada cual tiraba hacia su casa mientras el desesperanzado perro, sumido en su tristeza, los contemplaba, y yo los contemplaba a todos. Pasó el grueso del desfile. El perro, algo indeciso, siguió mirando a uno y otro lado del camino. Convencido de que ya no saldría nadie más, se dio la vuelta y caminó cabizbajo hacia la carretera. Cuando el conductor del rickshaw intuyó mi intención de sacarle una foto al animal, puso cara de no entenderlo; pero es que aquel perro tenía en su rostro una expresión de desolación y tristeza que jamás había visto. Caminaba con la cabeza gacha, lentamente, parándose sólo para casi sin convicción girar su rostro un instante hacia la entrada. Pasó delante de nosotros con la mirada fija en el suelo, sin ni siquiera notar nuestra presencia, o no importarle. Estaba tan desnutrido que poco faltaba para que sus costillas le traspasaran la piel. Sin esperanzas, muerto en vida, sin haber obtenido un mísero trozo de algo que llevarse al estómago, el perro volvía a la carretera, a un destino de agonías, dejando pasar otro día más en aquella vida de perro, en aquel cruel sinsentido de su

existencia 1008. Al otro lado de la calzada, ocupándola en parte, una vaca, tampoco de muy buenas hechuras, rumiaba su desayuno tumbada tranquilamente. 1008 larazon abc elmundo elpais 1009 Mahatma Gandhi (Porbandar, 1869 R Nueva Delhi, 1948). wiki 1010 Juan 6, 51-58 vatican:[español latín] latinvulgate biblos Continué mi ruta. El cielo, limpio de nubes, multiplicaba subjetivamente la fuerza del sol de finales de agosto, razón por la que se agradecían los paraguas de sombra de los frondosos banianos. Giré a la izquierda para tomar Mahatma Gandhi Road y llegué hasta la rotonda en cuyo centro se erige la estatua de Gandhi 1009. Contemplé la estatua, de la cabeza a los pies. Al llegar mi vista al pedestal me llamó la atención un hombre, al otro lado de la plaza: el hombre permanecía aún más quieto que la estatua. Sentado en su rickshaw con la mirada perdida, el codo derecho en el reposabrazos y el puño bajo la mejilla, aquel hombre bien podría haber sido el dueño del famélico perro de la escuela; porque su rostro transmitía los mismos sentimientos. Las circunstancias en las que aquellas personas y animales intentaban sobrevivir eran, sin duda, muy adversas 1010. Seguí mi camino por The Mall Road y luego por Taj Road. Con tristeza vi mucha miseria,