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Pasó el tiempo y uno desistió. Pasó más tiempo y el otro no se iba. Y entonces, el hombre del triciclotaxi comenzó a hablarme, tan solo unas palabras y solo de vez en cuando, en voz bajita, ayudándose de señas. Yo le respetaba, pero intentaba ignorarle; de hecho, ni siquiera le entendía. Si me paraba para hacer una fotografía, él también se paraba; y no reanudaba su marcha hasta que yo reanudaba la mía. Así continuó el vals del Yamuna Gris por más de media hora, pensando él que quizá acabaría yo por ceder ante su insistencia, pensando yo que él acabaría por ceder ante la mía. Hubo un momento en el que se paró, no sé que dijo, como despidiéndose, y desapareció tras de mí. Creí que por fin había desistido. Cuando al cabo de unos minutos apareció de nuevo no pude evitar reírme, y él también rió con espontaneidad; pero ante los claros gestos que le hice esta vez, acabó por entender mi decisión y se despidió definitivamente para volver por donde había venido, de regreso a la estación de tren. Durante todo este recorrido me había parado en bastantes ocasiones a contemplar el entorno. En una de ellas me detuve junto a una amplia parcela que en su centro, a lo lejos, parecía albergar una escuela, a decir de las decenas de alegres chavales y chavalas que de allí salieron en estampida, directos hacia la destartalada puerta de la finca. Junto a la carretera, a tiro de piedra de la puerta,

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me había parado yo. Y junto a la puerta se había parado un desangelado perro, triste y flaco como pocos. Salían los chavales a lo suyo, como es natural, como si no existiésemos ni el perro ni yo. Y al llegar a la carretera, cada cual tiraba hacia su casa mientras el desesperanzado perro, sumido en su tristeza, los contemplaba, y yo los contemplaba a todos. Pasó el grueso del desfile. El perro, algo indeciso, siguió mirando a uno y otro lado del camino. Convencido de que ya no saldría nadie más, se dio la vuelta y caminó cabizbajo hacia la carretera. Cuando el conductor del rickshaw intuyó mi intención de sacarle una foto al animal, puso cara de no entenderlo; pero es que aquel perro tenía en su rostro una expresión de desolación y tristeza que jamás había visto. Caminaba con la cabeza gacha, lentamente, parándose sólo para casi sin convicción girar su rostro un instante hacia la entrada. Pasó delante de nosotros con la mirada fija en el suelo, sin ni siquiera notar nuestra presencia, o no importarle. Estaba tan desnutrido que poco faltaba para que sus costillas le traspasaran la piel. Sin esperanzas, muerto en vida, sin haber obtenido un mísero trozo de algo que llevarse al estómago, el perro volvía a la carretera, a un destino de agonías, dejando pasar otro día más en aquella vida de perro, en aquel cruel sinsentido de su

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