EL DESPEDIDO 

Un empresario analiza las cuentas de su 
empresa y concluye que pronto quebrará, de no 
hacer ciertas reformas. Por más vueltas que le da, 
no ve otra solución que recortar la plantilla en un 
empleado. Y sufre el buen empresario pensando a 
quien despedir; porque el despedido lo perderá 
todo. Es entonces cuando un sabio y 
misericordioso empleado, que también ha hecho 
sus números y llegado a estas mismas 
conclusiones, acude al buen empresario, su jefe, y 
así se lo cuenta, al tiempo que se ofrece a ser él el 
despedido, por el bien de la empresa y del resto 
de empleados. El jefe, atónito, se queda mudo, sin 
saber qué contestar. Tras un instante, el jefe le 
dice que no, que se niega a despedirlo. El 
empleado insiste. El jefe responde que no. El 
empleado vuelve a insistir. El jefe vuelve a 
responder que no. Pero tanto insiste el buen 
empleado, y tan convincentes llegan a ser sus 
razones, que, finalmente, entre benditas lágrimas 
de amor, el jefe accede a despedirlo, pero sólo

con la condición de que, a partir de ese mismo día, 
el empleado se considere hijo suyo, y acepte venir 
a vivir con él a su casa, y haga de lo de él lo suyo, 
y dirija junto con él la empresa, para siempre 
jamás, pues no menos se merece por su sacrificio. 
Cuando en la empresa del Espíritu el jefe es Dios 
y el empleado despedido es Cristo, así se escribe 
la historia. 

Cuando en la empresa del Espíritu el jefe es 
Israel y el empleado despedido es Cristo, la 
historia se escribe de distinta manera. El jefe 
ahora ya no es ni bueno ni sabio, sino egoísta e 
ignorante, como todos sus empleados, salvo uno, 
y algunos consejeros, a los que el jefe no hace ni 
caso, razón por la que, ni el jefe ni el resto de 
empleados, salvo el uno y los algunos consejeros, 
se dan cuenta de que van directos al abismo de 
una merecida quiebra, y que todos acabarán 
siendo despedidos, y que todo lo perderán. Y 
como el jefe y el resto de empleados, salvo los 
algunos consejeros, a quienes el jefe no hace ni 
caso, son todos ignorantes y egoístas, el sabio y 
misericordioso empleado sabe que no logrará que 
lo despidan por las buenas, pues no querrán 
creerle, más bien al contrario: creerán que conoce 
los secretos de la empresa y quiere irse para 
hacerles la competencia en otra empresa. Por todo 
lo cual el sabio y misericordioso empleado decide 
que no le queda más remedio que irse por las 
malas, es decir, forzar su despido, convertirse en
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