

EL DESPEDIDO Un empresario analiza las cuentas de su empresa y concluye que pronto quebrará, de no hacer ciertas reformas. Por más vueltas que le da, no ve otra solución que recortar la plantilla en un empleado. Y sufre el buen empresario pensando a quien despedir; porque el despedido lo perderá todo. Es entonces cuando un sabio y misericordioso empleado, que también ha hecho sus números y llegado a estas mismas conclusiones, acude al buen empresario, su jefe, y así se lo cuenta, al tiempo que se ofrece a ser él el despedido, por el bien de la empresa y del resto de empleados. El jefe, atónito, se queda mudo, sin saber qué contestar. Tras un instante, el jefe le dice que no, que se niega a despedirlo. El empleado insiste. El jefe responde que no. El empleado vuelve a insistir. El jefe vuelve a responder que no. Pero tanto insiste el buen empleado, y tan convincentes llegan a ser sus razones, que, finalmente, entre benditas lágrimas de amor, el jefe accede a despedirlo, pero sólo