estaban a unos dos kilómetros y medio el uno del 
otro, ambos junto a la misma orilla del río 
Yamuna, un río bastante contaminado, según la 
guía. Tracé una ruta y decidí recorrerla dando un 
generoso paseo, como a menudo solía hacer, pues 
pensaba que tan importante como el sitio de 
interés es el camino que a él conduce: recorrer el 
trayecto de forma precipitada, con el alma puesta 
en el destino, me parecía un error similar al de 
leer un libro saltándose las páginas, por el ansia 
de conocer cómo acababa. El destino es tan solo 
una excusa para hacer el camino; es un lugar en el 
que descansar y retomar fuerzas para continuar la 
marcha. 

Me levanté del banco, crucé el vestíbulo y salí 
de la estación. Como de la noche al día: asustado 
me quedé al ver la marea de rickshaws que allí se 
amontonaban. Decenas de triciclotaxis a pedales 
salieron en sunami a mi encuentro. Todos me 
hacían señas. Rodeado me vi en un momento. 
Acosado por todos lados, intenté abrirme paso 
tranquilamente, mostrando una grata sonrisa, 
haciendo eses, esquivando el laberinto de 
vehículos que se formaba a mi paso. 

Tras caminar un buen rato, aún me seguían dos 
rickshaws. Yo no les miraba, ni ellos me 
hablaban; pero, aun así, me seguían en paralelo, 
yo por la tierra que hacía de acera derecha, ellos 
por la carretera, por el carril derecho, el más 
cercano a mí, y contrario al sentido de su marcha.

Pasó el tiempo y uno desistió. Pasó más tiempo y 
el otro no se iba. Y entonces, el hombre del 
triciclotaxi comenzó a hablarme, tan solo unas 
palabras y solo de vez en cuando, en voz bajita, 
ayudándose de señas. Yo le respetaba, pero 
intentaba ignorarle; de hecho, ni siquiera le 
entendía. Si me paraba para hacer una fotografía, 
él también se paraba; y no reanudaba su marcha 
hasta que yo reanudaba la mía. Así continuó el 
vals del Yamuna Gris por más de media hora, 
pensando él que quizá acabaría yo por ceder ante 
su insistencia, pensando yo que él acabaría por 
ceder ante la mía. Hubo un momento en el que se 
paró, no sé que dijo, como despidiéndose, y 
desapareció tras de mí. Creí que por fin había 
desistido. Cuando al cabo de unos minutos 
apareció de nuevo no pude evitar reírme, y él 
también rió con espontaneidad; pero ante los 
claros gestos que le hice esta vez, acabó por 
entender mi decisión y se despidió 
definitivamente para volver por donde había 
venido, de regreso a la estación de tren. 

Durante todo este recorrido me había parado en 
bastantes ocasiones a contemplar el entorno. En 
una de ellas me detuve junto a una amplia parcela 
que en su centro, a lo lejos, parecía albergar una 
escuela, a decir de las decenas de alegres chavales 
y chavalas que de allí salieron en estampida, 
directos hacia la destartalada puerta de la finca. 
Junto a la carretera, a tiro de piedra de la puerta,
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