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quedaba por recoger. Y lo mismo hizo en otras tantas ocasiones a lo largo del trayecto. Aquel hombre, pura productividad, hubiera sido capaz de recoger cualquier terraza de la plaza Mayor en menos que canta un gallo. Me apeé del Shatabdi Express en la estación de Agra Cantonment. Pasmado me quedé al encontrarla completamente desierta. Inspeccioné con la mirada ambos lados del andén y vi el letrero de una oficina de turismo a mi derecha. Y hacia allí me dirigí. Al entrar encontré en la modesta habitación a tres serios funcionarios de mediana edad y lustrosos turbantes, sijes curtidos en carnes; leían la prensa en total paz y harmonía, sin inmutarse por mi presencia, sentados los tres tras un mostrador lineal, de pared a pared. No había nadie más en la sala. El silencio era tal que no me moví por temor a romperlo. Aprovechando que uno de ellos pasó una hoja del periódico, movimiento que en mitad de aquel silencio sepulcral sonó a trueno, me acerqué a él y le pregunté si tenía algún plano de la ciudad. Con la misma calma dejó la prensa a un lado, me entregó un mapa y me preguntó si quería algo más. Cuando le respondí que no, tomó serenamente de nuevo el periódico y volvió a enfrascarse en su lectura. Y de puntillas salí de la oficina. La estación seguía desierta. Me senté en un banco y busqué en el plano los puntos que tenía previsto visitar. El Taj Mahal y el Fuerte de Agra

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estaban a unos dos kilómetros y medio el uno del otro, ambos junto a la misma orilla del río Yamuna, un río bastante contaminado, según la guía. Tracé una ruta y decidí recorrerla dando un generoso paseo, como a menudo solía hacer, pues pensaba que tan importante como el sitio de interés es el camino que a él conduce: recorrer el trayecto de forma precipitada, con el alma puesta en el destino, me parecía un error similar al de leer un libro saltándose las páginas, por el ansia de conocer cómo acababa. El destino es tan solo una excusa para hacer el camino; es un lugar en el que descansar y retomar fuerzas para continuar la marcha. Me levanté del banco, crucé el vestíbulo y salí de la estación. Como de la noche al día: asustado me quedé al ver la marea de rickshaws que allí se amontonaban. Decenas de triciclotaxis a pedales salieron en sunami a mi encuentro. Todos me hacían señas. Rodeado me vi en un momento. Acosado por todos lados, intenté abrirme paso tranquilamente, mostrando una grata sonrisa, haciendo eses, esquivando el laberinto de vehículos que se formaba a mi paso. Tras caminar un buen rato, aún me seguían dos rickshaws. Yo no les miraba, ni ellos me hablaban; pero, aun así, me seguían en paralelo, yo por la tierra que hacía de acera derecha, ellos por la carretera, por el carril derecho, el más cercano a mí, y contrario al sentido de su marcha.

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