término Bengalí Kalikata que significa «Tierra de 
la diosa Kali», diosa a la que tradicionalmente se 
asociaba con la muerte. En una de las 
ilustraciones de la página aparecía Kali, de pie, 
sobre la figura tumbada de su consorte Siva: Kali 
mostraba ostentosamente su lengua al mismo 
tiempo que sostenía con sus múltiples brazos el 
resto de elementos iconográficos, que solían ser 
una espada, una lanza o tridente, un recipiente 
con sangre, partes de cuerpos mutilados, o manos 
en actitud de bendición. A Kali también se la 
asociaba con el amor materno, y con la 
sexualidad y la violencia: su lengua lamía la 
sangre de sus víctimas; y bailaba entre ellas en el 
campo de batalla. 

Mientras releía en la guía las crípticas suras 1007 
del Corán que decoraban el Taj Mahal, volvió a 
entrar en el vagón el joven empleado de los 
ferrocarriles indios, aunque esta vez sin el carro. 
De inmediato comenzó a recoger las bandejas, a 
la misma velocidad con que las había repartido, 
tomándolas con un brazo y colocándoselas en el 
otro, irregularmente, con gran destreza; y llegó a 
construir una columna salomónica tan alta, que 
daba pie a creer que antes de trabajar en aquel 
tren el joven lo había hecho en algún circo. Salió 
y volvió a entrar con las manos vacías dispuesto a 
hacerse con la otra mitad del pasaje que aún le 

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quedaba por recoger. Y lo mismo hizo en otras 
tantas ocasiones a lo largo del trayecto. Aquel 
hombre, pura productividad, hubiera sido capaz 
de recoger cualquier terraza de la plaza Mayor en 
menos que canta un gallo. 

Me apeé del Shatabdi Express en la estación de 
Agra Cantonment. Pasmado me quedé al 
encontrarla completamente desierta. Inspeccioné 
con la mirada ambos lados del andén y vi el 
letrero de una oficina de turismo a mi derecha. Y 
hacia allí me dirigí. Al entrar encontré en la 
modesta habitación a tres serios funcionarios de 
mediana edad y lustrosos turbantes, sijes curtidos 
en carnes; leían la prensa en total paz y harmonía, 
sin inmutarse por mi presencia, sentados los tres 
tras un mostrador lineal, de pared a pared. No 
había nadie más en la sala. El silencio era tal que 
no me moví por temor a romperlo. Aprovechando 
que uno de ellos pasó una hoja del periódico, 
movimiento que en mitad de aquel silencio 
sepulcral sonó a trueno, me acerqué a él y le 
pregunté si tenía algún plano de la ciudad. Con la 
misma calma dejó la prensa a un lado, me entregó 
un mapa y me preguntó si quería algo más. 
Cuando le respondí que no, tomó serenamente de 
nuevo el periódico y volvió a enfrascarse en su 
lectura. Y de puntillas salí de la oficina. 

La estación seguía desierta. Me senté en un 
banco y busqué en el plano los puntos que tenía 
previsto visitar. El Taj Mahal y el Fuerte de Agra
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