
recordar con nostalgia el día en que de niño probé esa misma bebida por primera vez. Fue en Calcuta: mi padre la pidió en un puesto callejero y nos la pasó en dos pequeños vasos de cerámica, a mi hermana y a mí, diciéndonos que aquel sabor no lo olvidaríamos jamás, que siempre nos recordaría a la India. Mi hermana no puso buena cara al recibir y mirar el contenido de su vaso, lo que me llevó a escudriñar el contenido del mío con cierto temor. El líquido tenía el color de un café con leche un tanto aguate. Su aspecto, unido al aspecto del puesto y de la calle, provocó que me llevara el vaso a la boca con cierta aversión. Esta actitud inicial por mi parte, tan negativa, unida a mi sorpresa al descubrir que ni sabía a café ni era capaz de identificar a qué sabía, por más bien que me sabía, tuvo sin duda que ser la causa que contribuyó a incrementar la agradable impresión que me produjo aquel misterioso brebaje, tan cálido, dulce y aromático que de inmediato elevé a la categoría de elixir y desde entonces se convirtió para mí en inseparable compañero de viaje, en esperado amigo extranjero que a veces acudía a mi encuentro por sorpresa para hablarme .en la lengua del aroma y del gusto. de aquellos felices tiempos pasados, como hacía ahora en el Shatabdi Express. Acabé el refrigerio y releí en la guía la página sobre el origen del nombre de la ciudad de Calcuta. Una de las hipótesis lo hacía derivar del

término Bengalí Kalikata que significa «Tierra de la diosa Kali», diosa a la que tradicionalmente se asociaba con la muerte. En una de las ilustraciones de la página aparecía Kali, de pie, sobre la figura tumbada de su consorte Siva: Kali mostraba ostentosamente su lengua al mismo tiempo que sostenía con sus múltiples brazos el resto de elementos iconográficos, que solían ser una espada, una lanza o tridente, un recipiente con sangre, partes de cuerpos mutilados, o manos en actitud de bendición. A Kali también se la asociaba con el amor materno, y con la sexualidad y la violencia: su lengua lamía la sangre de sus víctimas; y bailaba entre ellas en el campo de batalla. Mientras releía en la guía las crípticas suras 1007 del Corán que decoraban el Taj Mahal, volvió a entrar en el vagón el joven empleado de los ferrocarriles indios, aunque esta vez sin el carro. De inmediato comenzó a recoger las bandejas, a la misma velocidad con que las había repartido, tomándolas con un brazo y colocándoselas en el otro, irregularmente, con gran destreza; y llegó a construir una columna salomónica tan alta, que daba pie a creer que antes de trabajar en aquel tren el joven lo había hecho en algún circo. Salió y volvió a entrar con las manos vacías dispuesto a hacerse con la otra mitad del pasaje que aún le 1007 rae