Tardamos un tiempo en llegar a campo abierto. 
En el vasto y verdoso paisaje, salpicado de 
árboles y pequeñas parcelas cultivadas, apenas se 
notaba la influencia de la mano del hombre. 
Saqué de mi zurrón una de las guías que llevaba 
conmigo y releí los comentarios sobre Agra. La 
ciudad albergaba el lugar más visitado por los 
turistas que viajaban a la India: el Taj Mahal 1006; 
más de veinte mil personas durante más de veinte 
años hicieron falta para levantarlo. Esta fue la 
causa que motivó mi viaje. La idea surgió de mi 
jefe, empeñado en que hiciese reportajes de 
carácter humano, ahora sobre la influencia del 
turismo: quería reportajes que reflejasen cómo la 
afluencia masiva de turistas a los monumentos 
más famosos influía en la vida de los lugareños. 

1006 Taj Mahal (1630-1652), Agra, India. 

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Mientras repasaba algunos datos en la guía 
irrumpió en el vagón un joven empleado de los 
ferrocarriles indios. El joven, puro nervio, 
empujaba un carro alargado y estrecho .lo que 
le faltaba a la aeronave. del que comenzó a 
sacar, a la velocidad del rayo, un pequeño 
refrigerio que distribuyó entre los pasajeros, 
dejándolo sobre las bandejas abatibles tras los 
asientos. Tras acabar el reparto, el joven salió del 
vagón como una bala. Cogí el vaso de bebida 
incluida en el refrigerio. Su cálido aroma me hizo

recordar con nostalgia el día en que de niño probé 
esa misma bebida por primera vez. Fue en 
Calcuta: mi padre la pidió en un puesto callejero 
y nos la pasó en dos pequeños vasos de cerámica, 
a mi hermana y a mí, diciéndonos que aquel sabor 
no lo olvidaríamos jamás, que siempre nos 
recordaría a la India. Mi hermana no puso buena 
cara al recibir y mirar el contenido de su vaso, lo 
que me llevó a escudriñar el contenido del mío 
con cierto temor. El líquido tenía el color de un 
café con leche un tanto aguate. Su aspecto, unido 
al aspecto del puesto y de la calle, provocó que 
me llevara el vaso a la boca con cierta aversión. 
Esta actitud inicial por mi parte, tan negativa, 
unida a mi sorpresa al descubrir que ni sabía a 
café ni era capaz de identificar a qué sabía, por 
más bien que me sabía, tuvo sin duda que ser la 
causa que contribuyó a incrementar la agradable 
impresión que me produjo aquel misterioso 
brebaje, tan cálido, dulce y aromático que de 
inmediato elevé a la categoría de elixir y desde 
entonces se convirtió para mí en inseparable 
compañero de viaje, en esperado amigo 
extranjero que a veces acudía a mi encuentro por 
sorpresa para hablarme .en la lengua del aroma 
y del gusto. de aquellos felices tiempos pasados, 
como hacía ahora en el Shatabdi Express. 

Acabé el refrigerio y releí en la guía la página 
sobre el origen del nombre de la ciudad de 
Calcuta. Una de las hipótesis lo hacía derivar del
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