los primeros que llevaron la alegría infinita a los 
corazones de todas aquellas gentes, que ya no 
pudieron distinguir con sus propios ojos si la 
estrella se apagaba o no; porque, de inmediato, 
sus ojos se inundaron de lágrimas de contento, 
que no cesaban de brotar. Y aun así, todos se 
abrazaban y gritaban llenos de fe y esperanza: 
«¡Se está apagando! ¡La estrella se está 
apagando!», decían, sin poder comprobar por 
ellos mismos .por más que lo intentaban. la 
veracidad de sus palabras, por tener los ojos tan 
llenos de lágrimas. Y cuanto más gritaban más 
rápido se apagaba la estrella, hasta que su luz 
desapareció por completo. «¡Ya no la veo! ¡Ha 
desaparecido!», gritaron unos y otros, con su 
visión aún nublada por las lágrimas. Y todo 
fueron vivas, hurras y vítores al rey de Ocidém y 
al sabio Consejo, y al gran cocinero, y a cuantos 
contribuyeron al milagroso menú de aquel día, 
todos ellos reunidos a las puertas del palacio. 

El rey de Hamelín, que desconocía lo ocurrido 
.pues, por su propio bien, no se le dijo nada, ni 
siquiera después de haber ingerido los 
alimentos., escuchó la algarabía mientras 
reposaba la comida sentado en un cómodo aunque 
desvencijado sillón, en sus aposentos. «¿A qué 
vendrá tanto alboroto?», pensó. Movido por la 
curiosidad, se levantó y atravesó el palacio hasta 
llegar a uno de los balcones laterales de la 
fachada principal. Al asomarse al balcón y

contemplar a todos mirando hacia el cielo, 
también miró él hacia allí para entonces descubrir 
que ya no estaba la estrella. «Majestad, la estrella 
ha desaparecido», le informó su secretario, que 
acababa de llegar desde la puerta del palacio, sin 
poder disimular su emoción, y sin ninguna 
intención de informar a su rey de lo que había 
acaecido. «Ciertamente, la estrella ha 
desaparecido .le respondió el rey.. Y aquí 
estoy yo. Y he ahí mi pueblo, exultante de 
felicidad. Como veis, hice bien en ignorar los 
consejos de aquel hombre, quien quiera que 
fuese». «¿Deseáis despediros de él?», le preguntó 
el secretario. «De sobra conocéis mi costumbre: 
Yo nunca digo adiós». Y sin más, acompañado 
por su amada reina negra y por la más radiante y 
delicada de sus princesas 9307, el rey regresó a sus 
aposentos. 

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