de carne, las más relucientes verduras, legumbres 
de todos los tipos, condimentos preciadísimos. Y 
se trajo una gran olla, llena de agua fresca y pura. 
Y el rey de Ocidém preparó su milagroso brebaje. 
Y el secretario mandó avisar al cocinero de 
palacio, que salió hasta la puerta para preparar 
ante todos el más sabroso guiso que nunca 
hubiera degustado paladar alguno. 

Llegada la hora del almuerzo, el cocinero y sus 
ayudantes, escoltados por el secretario y otros 
miembros del Consejo, llevaron la olla hasta el 
comedor real donde, como cada día, el rey 
comería acompañado de su corte. Fuera del 
palacio quedó el pueblo, sumido en la angustia, 
aferrado a la esperanza; y entre ellos, el rey de 
Ocidém, arropado por la muchedumbre. 
Rodeados de un profundo silencio, todos clavaron 
su mirada en la estrella. Lo que hubiera de pasar 
se vería reflejado en su brillar. Sólo cabía esperar. 

Pasó media hora, y el brillar de la estrella no 
varió. Pasó otra media hora, y el brillar de la 
estrella seguía sin variar. Y, de repente, se 
escuchó un grito de entre la muchedumbre: «¡Se 
está apagando! ¡La estrella se apaga!» Sí, era 
cierto, la estrella se estaba apagando, muy 
lentamente, pero se apagaba. Bienaventurados 
aquellos primeros ojos que lo vieron. 
Bienaventurada aquella primera voz que lo 
proclamó a los cielos, con toda su fuerza, llena de 
fe y esperanza; porque fueron esos ojos y esa voz

los primeros que llevaron la alegría infinita a los 
corazones de todas aquellas gentes, que ya no 
pudieron distinguir con sus propios ojos si la 
estrella se apagaba o no; porque, de inmediato, 
sus ojos se inundaron de lágrimas de contento, 
que no cesaban de brotar. Y aun así, todos se 
abrazaban y gritaban llenos de fe y esperanza: 
«¡Se está apagando! ¡La estrella se está 
apagando!», decían, sin poder comprobar por 
ellos mismos .por más que lo intentaban. la 
veracidad de sus palabras, por tener los ojos tan 
llenos de lágrimas. Y cuanto más gritaban más 
rápido se apagaba la estrella, hasta que su luz 
desapareció por completo. «¡Ya no la veo! ¡Ha 
desaparecido!», gritaron unos y otros, con su 
visión aún nublada por las lágrimas. Y todo 
fueron vivas, hurras y vítores al rey de Ocidém y 
al sabio Consejo, y al gran cocinero, y a cuantos 
contribuyeron al milagroso menú de aquel día, 
todos ellos reunidos a las puertas del palacio. 

El rey de Hamelín, que desconocía lo ocurrido 
.pues, por su propio bien, no se le dijo nada, ni 
siquiera después de haber ingerido los 
alimentos., escuchó la algarabía mientras 
reposaba la comida sentado en un cómodo aunque 
desvencijado sillón, en sus aposentos. «¿A qué 
vendrá tanto alboroto?», pensó. Movido por la 
curiosidad, se levantó y atravesó el palacio hasta 
llegar a uno de los balcones laterales de la 
fachada principal. Al asomarse al balcón y
33 -2 -1 -1 +1 +1 +2 33 -2 -1 -1 +1 +1 +2