El secretario, al ver aquella señal, tan 
incomprensible como evidente, no pudo más que 
estremecerse al recordar la profecía que acaba de 
escuchar de boca del rey de Ocidém. «¿Y si todo 
fuese verdad?», pensaba el secretario una y otra 
vez; porque le remordía la conciencia imaginar 
que, por su culpa, por no haber sabido insistir 
como debía, su rey pudiera morir en cualquier 
instante. Sin saber qué hacer, mandó callar a la 
muchedumbre y a todos relató la conversación 
que acababan de tener los dos reyes. El pánico se 
adueñó de las gentes, que temieron lo peor. Tras 
unos momentos de desconcierto, el rey de 
Ocidém volvió a alzar su poderosa voz para 
acallarles. Y bien que lo logró: el silencio se hizo 
sepulcral. Y entonces habló el rey de Ocidém, 
que propuso a todos un plan que conseguiría, con 
un poco de suerte, salvar la vida de su rey. 

.Yo mismo prepararé una medicina que 
disolveré en una gran olla llena de agua. En ella 
deberéis de cocinar el más sabroso de los guisos, 
con vuestros mejores alimentos. Si vuestro rey 
accede a beber dos tazones de ese caldo y prueba 
un plato de las carnes, verduras, hortalizas y 
legumbres que contenga el guiso, la medicina 
entrará en su cuerpo en la cantidad apropiada para 
conseguir sanarlo. 

El gentío estalló de júbilo al escuchar estas 
palabras. De inmediato, todos ofrecieron lo mejor 
de sus cestas de la compra: las más jugosas piezas

de carne, las más relucientes verduras, legumbres 
de todos los tipos, condimentos preciadísimos. Y 
se trajo una gran olla, llena de agua fresca y pura. 
Y el rey de Ocidém preparó su milagroso brebaje. 
Y el secretario mandó avisar al cocinero de 
palacio, que salió hasta la puerta para preparar 
ante todos el más sabroso guiso que nunca 
hubiera degustado paladar alguno. 

Llegada la hora del almuerzo, el cocinero y sus 
ayudantes, escoltados por el secretario y otros 
miembros del Consejo, llevaron la olla hasta el 
comedor real donde, como cada día, el rey 
comería acompañado de su corte. Fuera del 
palacio quedó el pueblo, sumido en la angustia, 
aferrado a la esperanza; y entre ellos, el rey de 
Ocidém, arropado por la muchedumbre. 
Rodeados de un profundo silencio, todos clavaron 
su mirada en la estrella. Lo que hubiera de pasar 
se vería reflejado en su brillar. Sólo cabía esperar. 

Pasó media hora, y el brillar de la estrella no 
varió. Pasó otra media hora, y el brillar de la 
estrella seguía sin variar. Y, de repente, se 
escuchó un grito de entre la muchedumbre: «¡Se 
está apagando! ¡La estrella se apaga!» Sí, era 
cierto, la estrella se estaba apagando, muy 
lentamente, pero se apagaba. Bienaventurados 
aquellos primeros ojos que lo vieron. 
Bienaventurada aquella primera voz que lo 
proclamó a los cielos, con toda su fuerza, llena de 
fe y esperanza; porque fueron esos ojos y esa voz
33 -2 -1 -1 +1 +1 +2 33 -2 -1 -1 +1 +1 +2