.Majestad. Debéis creerme. Corréis grave 
peligro. Si no os sentís mal es porque la 
enfermedad de la que os hablo tan sólo tiene un 
síntoma, la muerte. 

.Tonterías. Lo que decís no tiene sentido. 
Sólo pretendéis asustarme. 

El rey de Hamelín desconfiaba; se preguntaba 
si aquel supuesto rey no pretendería acaso 
envenenarle para robarle su reino y esclavizar a 
sus súbditos. 

.Tonterías .repitió el rey de Hamelín.. Y 
aunque agradezco vuestras buenas intenciones, 
me veo obligado a rechazar vuestro ofrecimiento. 
No puedo confiar en un desconocido, y menos en 
un tema como este. Si algo me pasara sería el fin 
para mi pueblo. 

.Por esa precisa razón debéis hacerme caso. 
Si no os curo moriréis y ese será el comienzo del 
fin de vuestro pueblo. 

.¡Basta ya de insensateces! He aceptado 
recibiros y os he escuchado. Ya conocéis mi 
decisión. Ahora, si me disculpáis, tengo otros 
asuntos que tratar. 

Y sin más, el rey de Hamelín se levantó y 
abandonó la sala. 

Fue el secretario personal del rey de Hamelín el 
que condujo al rey de Ocidém hasta la puerta 
principal del palacio, donde la muchedumbre se 
había multiplicado atraída por la milagrosa 
estrella, que cada vez brillaba más intensamente.

El secretario, al ver aquella señal, tan 
incomprensible como evidente, no pudo más que 
estremecerse al recordar la profecía que acaba de 
escuchar de boca del rey de Ocidém. «¿Y si todo 
fuese verdad?», pensaba el secretario una y otra 
vez; porque le remordía la conciencia imaginar 
que, por su culpa, por no haber sabido insistir 
como debía, su rey pudiera morir en cualquier 
instante. Sin saber qué hacer, mandó callar a la 
muchedumbre y a todos relató la conversación 
que acababan de tener los dos reyes. El pánico se 
adueñó de las gentes, que temieron lo peor. Tras 
unos momentos de desconcierto, el rey de 
Ocidém volvió a alzar su poderosa voz para 
acallarles. Y bien que lo logró: el silencio se hizo 
sepulcral. Y entonces habló el rey de Ocidém, 
que propuso a todos un plan que conseguiría, con 
un poco de suerte, salvar la vida de su rey. 

.Yo mismo prepararé una medicina que 
disolveré en una gran olla llena de agua. En ella 
deberéis de cocinar el más sabroso de los guisos, 
con vuestros mejores alimentos. Si vuestro rey 
accede a beber dos tazones de ese caldo y prueba 
un plato de las carnes, verduras, hortalizas y 
legumbres que contenga el guiso, la medicina 
entrará en su cuerpo en la cantidad apropiada para 
conseguir sanarlo. 

El gentío estalló de júbilo al escuchar estas 
palabras. De inmediato, todos ofrecieron lo mejor 
de sus cestas de la compra: las más jugosas piezas
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