morirá, a menos que yo pueda curarlo. Por eso 
estoy aquí, por eso he venido hasta vos, para 
sanaros. Mi reino no tiene tierras pues mis 
súbditos, reyes todos de Ocidém, viven dispersos 
por el mundo. Todos ellos, como yo, son 
guardianes de los grandes secretos de la curación. 
Al ver la señal de la estrella que brilla sobre 
vuestro palacio, todos hemos salido de inmediato 
a ayudar al que se nos ordena que ayudemos, 
pues esa es nuestra misión en esta vida. Y yo he 
sido el primero en llegar. Cuando la estrella 
reduzca poco a poco su brillar, hasta apagarse por 
completo, los reyes de Ocidém, que ahora se 
dirigen hacia aquí, sabrán que habéis sanado y 
volverán tranquilos y felices a sus lugares de 
origen. Y también regresarán si ven que la estrella 
aumenta su resplandor para apagarse 
repentinamente, en un instante; pero entonces 
volverán cabizbajos y apenados, porque sabrán 
que han fracasado en su misión. 

.¿Reinos sin tierras? ¿Súbditos que son 
reyes? Extraño país el vuestro, rey de Ocidém. Y 
aún más extraño lo es el motivo de vuestro viaje. 
¿Insinuáis acaso que estoy enfermo? 

.Así es. Lo estáis. Vuestra vida corre grave 
peligro, a menos que accedáis a que yo os cure. 

.¿Cómo pretendéis que os crea? Jamás he 
estado enfermo. Nunca me he sentido mejor de lo 
que me siento ahora. Nunca he sido más feliz.

.Majestad. Debéis creerme. Corréis grave 
peligro. Si no os sentís mal es porque la 
enfermedad de la que os hablo tan sólo tiene un 
síntoma, la muerte. 

.Tonterías. Lo que decís no tiene sentido. 
Sólo pretendéis asustarme. 

El rey de Hamelín desconfiaba; se preguntaba 
si aquel supuesto rey no pretendería acaso 
envenenarle para robarle su reino y esclavizar a 
sus súbditos. 

.Tonterías .repitió el rey de Hamelín.. Y 
aunque agradezco vuestras buenas intenciones, 
me veo obligado a rechazar vuestro ofrecimiento. 
No puedo confiar en un desconocido, y menos en 
un tema como este. Si algo me pasara sería el fin 
para mi pueblo. 

.Por esa precisa razón debéis hacerme caso. 
Si no os curo moriréis y ese será el comienzo del 
fin de vuestro pueblo. 

.¡Basta ya de insensateces! He aceptado 
recibiros y os he escuchado. Ya conocéis mi 
decisión. Ahora, si me disculpáis, tengo otros 
asuntos que tratar. 

Y sin más, el rey de Hamelín se levantó y 
abandonó la sala. 

Fue el secretario personal del rey de Hamelín el 
que condujo al rey de Ocidém hasta la puerta 
principal del palacio, donde la muchedumbre se 
había multiplicado atraída por la milagrosa 
estrella, que cada vez brillaba más intensamente.
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