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Una semana después de la aparición de la estrella llegó a Hamelín un extraño hombre a lomos de un camello cargado de tarros y potingues. Por ser día de mercado, la plaza frente al palacio estaba abarrotada de mercaderes y de gentes de toda la comarca, enfrascadas en sus compras semanales. El hombre, que dijo proceder del lejano Oriente, y que se presentó como rey de Ocidém ante el pequeño grupo de curiosos que le rodearon, alzó tanto su voz, para acallar al gentío, que logró silenciar el bullicio de la plaza entera: «Ciudadanos de Hamelín .dijo., escuchadme atentamente porque en ello os va la vida. Soy el rey de Ocidém, rey de un lejano país más allá de las últimas montañas y de los mares infinitos que hay tras ellas, y de los desiertos sin nombre más allá de los mares infinitos, adonde ni siquiera llega el viento y en donde no existe la tierra. He venido hasta aquí en busca de uno que habita entre vosotros y al que todos conocéis por su bondad. La estrella que veis en el cielo, la que os ilumina día y noche, la misma estrella que me ha guiado hasta aquí desde los confines del mundo, es una señal que se ha encendido en el cielo para indicar que entre vosotros hay un gran ser humano, el más bueno que jamás conocisteis, que ha caído enfermo sin saberlo y pronto morirá, a menos que yo pueda curarlo. Por eso estoy aquí. Por eso he venido hasta vosotros, para sanar a esa persona, que no hay don ni riqueza de este mundo

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comparable a la salud. Cada estrella que veis en el cielo en una noche sin luna es guardián de una buena persona. Cuando una estrella se enciende sobremanera y detiene su viaje celestial, como la estrella que alumbra sobre vosotros, lo hace para indicar que allí donde se detiene está en peligro la vida de alguien sin igual entre los suyos, querido y admirado por su infinita bondad. Por esta razón, y por el bien de todos vosotros, decidme sin demora dónde puedo encontrar a esa persona». Todos, al unísono, pensaron en su querido rey, el rey de Hamelín. Y así se lo dijeron y señalaron con sus manos, apuntando hacia el palacio. Y hacia allí se dirigió el rey de Ocidém, seguido por la muchedumbre, aterrada por tan trágica noticia. Al llegar a las puertas del palacio, el rey de Ocidém se identificó ante quienes custodiaban la entrada y solicitó audiencia inmediata con el rey de Hamelín. «Majestad .le dijo al rey de Hamelín su secretario personal, encargado de llevarle este mensaje.: el rey de Ocidém, llegado del lejano Oriente, solicita permiso para presentaros sus respetos». «¿El rey de Ocidém? No conozco ese reino», respondió el rey, algo pensativo, pues ya empezaba a desconfiar de alguien que decía venir de tan lejos sólo para presentarle sus respetos. El secretario personal, que conocía la razón real de la visita, intentó persuadir a su rey para que recibiera al recién llegado, si bien no le mencionó la verdadera

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