tiene con qué hacerlo». Tanta era la carestía en 
palacio que, de pura pena y a escondidas, 
llegaban a diario cientos de súbditos a donar 
algunos víveres para no dejar morir de hambre a 
aquel santo varón de dolores y a su fiel grupo de 
consejeros. Tan poco había de casi nada en aquel 
modesto y real lugar, que Hamelín era famoso en 
el mundo entero por ser el único reino sobre la 
tierra con gobernantes más pobres que sus 
gobernados. Pero el rey era feliz, aun en la 
pobreza: lo era porque veía vivir feliz a su pueblo, 
y porque no se imaginaba que a punto estaba de 
morir a causa de una desconocida enfermedad 
asintomática. 

Así pasaban los días en el pacífico reino de 
Hamelín, sin más preocupaciones que las 
habituales de la vida cotidiana. Y así fue hasta 
que una noche de luna llena apareció en el cielo 
una estrella brillantísima que no dejó de lucir, ni 
siquiera después de que hubo amanecido; una 
estrella que no se movió de su sitio .justo en la 
vertical del palacio. ni cesó en su resplandor, 
por más que pasaron las noches y luminosos se 
hicieron los días. 

El pueblo interpretó aquella señal como una 
muestra inequívoca de la santidad de su rey. Y el 
rey, que no era aficionado ni a la astronomía ni a 
los dioses, no vio en aquella estrella más que una 
molestia para sus súbditos y para él mismo, pues 
con tanta luz no había quien pegara ojo.

Una semana después de la aparición de la 
estrella llegó a Hamelín un extraño hombre a 
lomos de un camello cargado de tarros y 
potingues. Por ser día de mercado, la plaza frente 
al palacio estaba abarrotada de mercaderes y de 
gentes de toda la comarca, enfrascadas en sus 
compras semanales. El hombre, que dijo proceder 
del lejano Oriente, y que se presentó como rey de 
Ocidém ante el pequeño grupo de curiosos que le 
rodearon, alzó tanto su voz, para acallar al gentío, 
que logró silenciar el bullicio de la plaza entera: 
«Ciudadanos de Hamelín .dijo., escuchadme 
atentamente porque en ello os va la vida. Soy el 
rey de Ocidém, rey de un lejano país más allá de 
las últimas montañas y de los mares infinitos que 
hay tras ellas, y de los desiertos sin nombre más 
allá de los mares infinitos, adonde ni siquiera 
llega el viento y en donde no existe la tierra. He 
venido hasta aquí en busca de uno que habita 
entre vosotros y al que todos conocéis por su 
bondad. La estrella que veis en el cielo, la que os 
ilumina día y noche, la misma estrella que me ha 
guiado hasta aquí desde los confines del mundo, 
es una señal que se ha encendido en el cielo para 
indicar que entre vosotros hay un gran ser 
humano, el más bueno que jamás conocisteis, que 
ha caído enfermo sin saberlo y pronto morirá, a 
menos que yo pueda curarlo. Por eso estoy aquí. 
Por eso he venido hasta vosotros, para sanar a esa 
persona, que no hay don ni riqueza de este mundo
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