COLORÍN, COLORADO 

Hace mucho, mucho tiempo, en un pequeño y 
lejano país llamado Hamelín, vivía un rey a quien 
sus súbditos apodaban cariñosamente «el 
Desconfiado», pues de todo y de todos 
desconfiaba, pero no por malicia, sino por temor 
a que alguien pudiera hacer daño a su pueblo. A 
tanto alcanzaba, la desconfianza del rey, que no 
había forma de hacerle entrar en razón para que 
aceptara llevar a cabo un buen proyecto, si 
llegaba a entender que existía alguna posibilidad, 
por remota que fuese, de que su decisión pudiera 
perjudicar a sus conciudadanos. Se oponía el 
buen monarca incluso a recaudar impuestos: 
«¡Eso sería robarle a nuestros súbditos!», le 
respondía a diario el rey a su ministro de 
Hacienda. Y así vivía el soberano, en la más 
absoluta pobreza. Y así convivía con él su buena 
corte. «Mi pobreza contribuye a la paz de mi 
reino .argumentaba el sabio rey de Hamelín., 
al tiempo que minimiza las consecuencias de mis 
errores, pues poco daño puede hacer quien no

tiene con qué hacerlo». Tanta era la carestía en 
palacio que, de pura pena y a escondidas, 
llegaban a diario cientos de súbditos a donar 
algunos víveres para no dejar morir de hambre a 
aquel santo varón de dolores y a su fiel grupo de 
consejeros. Tan poco había de casi nada en aquel 
modesto y real lugar, que Hamelín era famoso en 
el mundo entero por ser el único reino sobre la 
tierra con gobernantes más pobres que sus 
gobernados. Pero el rey era feliz, aun en la 
pobreza: lo era porque veía vivir feliz a su pueblo, 
y porque no se imaginaba que a punto estaba de 
morir a causa de una desconocida enfermedad 
asintomática. 

Así pasaban los días en el pacífico reino de 
Hamelín, sin más preocupaciones que las 
habituales de la vida cotidiana. Y así fue hasta 
que una noche de luna llena apareció en el cielo 
una estrella brillantísima que no dejó de lucir, ni 
siquiera después de que hubo amanecido; una 
estrella que no se movió de su sitio .justo en la 
vertical del palacio. ni cesó en su resplandor, 
por más que pasaron las noches y luminosos se 
hicieron los días. 

El pueblo interpretó aquella señal como una 
muestra inequívoca de la santidad de su rey. Y el 
rey, que no era aficionado ni a la astronomía ni a 
los dioses, no vio en aquella estrella más que una 
molestia para sus súbditos y para él mismo, pues 
con tanta luz no había quien pegara ojo.
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