sudaban tinta, de tanto esfuerzo como ponían en 
estas faenas, más teatro que otra cosa. El toro 
respondía siempre con nobleza a tales 
bravuconerías, y hasta amagaba con lanzarse 
hacia el muro, como así lo hizo en alguna ocasión, 
levantándose sobre sus cuartos traseros y 
apoyando sus manos en el muro, casi a la altura 
de la primera grada, momento en que los monos 
salían disparados como flechas hacia los laterales, 
los bravucones primero. Cuando el toro, al cabo 
de un tiempo, ya aburrido, regresaba 
tranquilamente a su vergel, los monos daban por 
finalizada la lidia, e incluso llegaban a felicitar 
con aclamaciones y saludos a aquellos que habían 
conseguido con sus monadas mantener al animal 
embelesado durante más rato. 

Y así pasaron los días hasta que una tarde 
sucedió algo inexplicable: estando los monos en 
las gradas y el toro en el ruedo, entretenido el 
astado con el teatro de los simios junto a la zona 
del muro que daba a poniente, ocurrió que otro 
mono, uno que nunca antes había desafiado al 
toro, saltó de repente al ruedo desde el otro 
extremo de la plaza llevando en sus manos una 
gigantesca hoja de gunnera 9304, de las que solían 
utilizar como paraguas en los días de lluvia. La 
escena, incomprensible para el resto de miembros 
de la comunidad, a punto estuvo de causar un 

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infarto masivo en las gradas. Hubo gritos de 
espanto, grandes aspavientos, carreras de 
incomprensión, y hasta hubo madres que 
cubrieron con sus manos los ojos de sus hijos, y 
las orejas, e incluso la boca, para que no vieran la 
trágica escena que estaba por llegar, ni 
escucharan la agonía de su congénere, que a buen 
seguro sería descuartizado por la bestia, ni 
mostraran con sus gemidos su debilidad. Pero 
nada de esto cambió la actitud del espontáneo, 
concentrado en su objetivo, sus ojos fijos en el 
toro quieto al otro extremo de la plaza, hacia el 
cual se dirigía lentamente, paso a paso, haciendo, 
de su gigantesca hoja, capote. La actitud de los 
monos alertó al toro, que al girarse vio la extraña 
imagen de la hoja con cabeza de mono que 
parecía haberse detenido en el centro de la plaza. 
Cuando el espontáneo simio y el toro 
engancharon sus miradas, el mono citó al astado 
alzando la hoja y lanzando un gruñido. De 
inmediato, el toro se arrancó hacia allí como una 
fiera. Jamás se habían escuchado en aquella selva 
tantos ni tan desgarrados gritos de terror como se 
escucharon entonces, gritos que aumentaron en 
número e intensidad a medida que la bestia 
aceleraba y se acercaba al mono, quieto en el 
centro de la plaza. Y cuando el toro a punto 
estaba ya de embestir al espontáneo simio, el 
mono desplazó lateralmente la hoja hacia su 
derecha, sin moverse él de su sitio, y engañó al
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