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camino del vergel, sin atreverse a descender al ruedo por temor a que apareciera aquel extraño animal. El toro, que sintió llegar a los monos, cruzó a trote el vergel, atravesó el túnel y se plantó en la plaza. Los monos, no exentos de temor, contemplaron desde las gradas la figura mayestática del toro, que siguió trotando por la plaza, parándose aquí y allá para observar mejor a aquellos extraños visitantes. En cuanto veían acercarse al toro, los monos se apresuraban hacia la última grada, tal era el temor que les infundía aquella desconocida bestia negra de afilados cuernos. Al cabo de un buen rato, el toro volvió a su vergel, donde continuó pastando. Y los monos regresaron a su trozo de selva. Con el tiempo, estas visitas acabaron convirtiéndose en rutinarias, sin que por ello desapareciera el temor en los monos. Los había que hasta sufrían pesadillas y despertaban sudorosos en mitad de la noche creyendo que la bestia había logrado escapar de su prisión y les acosaba. Tampoco tardaron en aparecer entre los monos algunos que, para demostrar su valor, desafiaban al toro desde las gradas dando saltos, haciendo aspavientos con los brazos, acercándose hasta el borde del muro, como dando a entender que estaban dispuestos a descender al ruedo para hacer frente al animal, algo que ni siquiera se les pasaba por la cabeza, pues temían al toro más que a ninguna otra bestia de la selva; y los había que

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sudaban tinta, de tanto esfuerzo como ponían en estas faenas, más teatro que otra cosa. El toro respondía siempre con nobleza a tales bravuconerías, y hasta amagaba con lanzarse hacia el muro, como así lo hizo en alguna ocasión, levantándose sobre sus cuartos traseros y apoyando sus manos en el muro, casi a la altura de la primera grada, momento en que los monos salían disparados como flechas hacia los laterales, los bravucones primero. Cuando el toro, al cabo de un tiempo, ya aburrido, regresaba tranquilamente a su vergel, los monos daban por finalizada la lidia, e incluso llegaban a felicitar con aclamaciones y saludos a aquellos que habían conseguido con sus monadas mantener al animal embelesado durante más rato. Y así pasaron los días hasta que una tarde sucedió algo inexplicable: estando los monos en las gradas y el toro en el ruedo, entretenido el astado con el teatro de los simios junto a la zona del muro que daba a poniente, ocurrió que otro mono, uno que nunca antes había desafiado al toro, saltó de repente al ruedo desde el otro extremo de la plaza llevando en sus manos una gigantesca hoja de gunnera 9304, de las que solían utilizar como paraguas en los días de lluvia. La escena, incomprensible para el resto de miembros de la comunidad, a punto estuvo de causar un 9304 wiki

33 -2 -1 -1 +1 +1 +2 33 -2 -1 -1 +1 +1 +2 http://es.wikipedia.org/wiki/Gunnera