La leyenda, que incluso alcanza a calificar de 
bípedos a los monos .adelantándose en esto a la 
teoría de la evolución., se puede resumir como 
sigue: 

Cuando amaneció y los monos contemplaron 
aquella extraña construcción junto a su selva .en 
un lugar donde antes no había más que árboles. 
quedaron fascinados. Con expectación y cautela 
inspeccionaron el extraño recinto circular; 
treparon, no sin dificultad, por la pared más 
cercana; exploraron las tres filas de gradas y el 
ruedo; y descubrieron finalmente, al otro extremo, 
un fascinante vergel de pequeños arbustos 
frutales y hierba fresca. La llegada de los monos 
alertó al imponente toro azabache, que pastaba al 
otro extremo del vergel. Cuando los monos se 
quisieron dar cuenta, el toro, enfurecido, ya 
galopaba hacia ellos. De inmediato cundió el 
pánico. A toda prisa, los pocos monos que habían 
bajado al vergel, treparon como pudieron el muro 
que lo delimitaba, y huyeron con los otros hacia 
la plaza, entre gritos de pavor. Pero allí también 
apareció el toro, pues el vergel se comunicaba 
con la plaza a través de un túnel que atravesaba el 
muro bajo las gradas. Temerosos de aquella 
bestia desconocida, los monos abandonaron 
apresuradamente la extraña construcción y se 
refugiaron en su trozo de selva. 

Al día siguiente, la curiosidad llevó de nuevo a 
los monos a trepar el muro y recorrer las gradas

camino del vergel, sin atreverse a descender al 
ruedo por temor a que apareciera aquel extraño 
animal. El toro, que sintió llegar a los monos, 
cruzó a trote el vergel, atravesó el túnel y se 
plantó en la plaza. Los monos, no exentos de 
temor, contemplaron desde las gradas la figura 
mayestática del toro, que siguió trotando por la 
plaza, parándose aquí y allá para observar mejor a 
aquellos extraños visitantes. En cuanto veían 
acercarse al toro, los monos se apresuraban hacia 
la última grada, tal era el temor que les infundía 
aquella desconocida bestia negra de afilados 
cuernos. Al cabo de un buen rato, el toro volvió a 
su vergel, donde continuó pastando. Y los monos 
regresaron a su trozo de selva. 

Con el tiempo, estas visitas acabaron 
convirtiéndose en rutinarias, sin que por ello 
desapareciera el temor en los monos. Los había 
que hasta sufrían pesadillas y despertaban 
sudorosos en mitad de la noche creyendo que la 
bestia había logrado escapar de su prisión y les 
acosaba. Tampoco tardaron en aparecer entre los 
monos algunos que, para demostrar su valor, 
desafiaban al toro desde las gradas dando saltos, 
haciendo aspavientos con los brazos, acercándose 
hasta el borde del muro, como dando a entender 
que estaban dispuestos a descender al ruedo para 
hacer frente al animal, algo que ni siquiera se les 
pasaba por la cabeza, pues temían al toro más que 
a ninguna otra bestia de la selva; y los había que
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