descendió del ave y caminó hasta detenerse bajo 
la cúpula del templete central. Luego se giró 
hacia mí, extendió su brazo izquierdo, palma 
hacia arriba y me dijo: «Ven». Y yo fui. Y al 
llegar junto a ella vi que en su mano relucía la 
moneda, aquella moneda grabada con aquella 
cabeza en pirámide de cuatro pirámides, sus ojos 
de Horus. Y Marianne, con un gesto, me indicó 
que la tomara de su mano. Y yo la tomé. Y al 
hacerlo, el sol se oscureció, y el fulgor de la 
moneda traspasó mi piel y la de ella, y toda piedra 
se transformó en traslúcido cristal de fluido 
ligeramente luminoso. Y en el cielo brillaron las 
estrellas. Y de los cuatro estanques en torno al 
templete irrumpieron en vertical cuatro haces de 
luz, del mismo perímetro que los estanques, 
cuadrados, recortados por la esquina interior. Y 
los cuatro haces se expandieron. Y su sección se 
hizo triangular. Y se reunieron en un gran 
triángulo, allá en los cielos. Y apareció una 
sombra que recorrió el triángulo celestial como lo 
haría un celestial pincel de destellante purpurina, 
atenuando por completo la luminosidad según 
dibujaba en el cielo el diseño acuñado en la 
moneda, permitiendo con ello contemplar el 
parpadeante brillar de las estrellas 9301. Y el ave se 

9301 La ilustración en la portada de este libro aparece ya en un 
backup fechado el 8 de agosto de 2008. El relato de la aparición de 
esta imagen en el cielo estrellado aparece ya en un backup fechado 
el 14 de febrero de 2011. La versión final incorpora algunos

cambios de edición. 

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elevó y voló hacia el cielo, y entró en el triángulo 
celestial por el ojo de la conciencia. Y Marianne 
me dijo: «Llegada es la hora de ascender al reino 
de la Verdad». Y elevando su mano izquierda, y 
con ella mi mano derecha, los dos ascendimos en 
vertical, hacia el triángulo celestial. Y cuando a 
punto estábamos de entrar en él por el ojo de la 
conciencia, los dos nos giramos hacia atrás. Y vi 
el mundo en el vientre infinito de su madre 
universal. Aquella obra, tan perfecta y tan llena 
de defectos, tan consciente de su existencia y tan 
inconsciente de sus actos, tan indefensa y a la vez 
tan cruel consigo misma, tan viva y tan inerte, 
quizá llegara a nacer algún día, quizá llegara 
algún día a romper la placentera placenta que la 
protegía .y que al mismo tiempo era su mayor 
amenaza. para nacer a un nuevo tipo de 
existencia. Pero hoy se separaban nuestros 
caminos. Cada cual había de cumplir con su 
destino y el mío ya no era de este mundo. Quizá 
algún día volviera a encontrarme con ese nuevo 
ser nacido, en alguna otra dimensión. Hasta 
entonces, solo podía desearle suerte. Miré a 
Marianne. También ella contemplaba con amor 
aquella imagen. Pasado un tiempo me miró 
sonriente y los dos nos giramos para adentrarnos 
en el más allá de la conciencia. Y en ese instante
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