Dejé mis divagaciones y regresé a realidad del 
momento, a la belleza del mundo del arte. Ante 
mí seguía el maravilloso cuadro de Roger van der 
Weyden: El Descendimiento. Era de agradecer el 
trabajo de su autor y de aquellos que habían 
permitido que aún se pudiera participar de su 
belleza y simbología, tan celosamente guardada 
durante más de quinientos años. 

Al mirar la figura de María de Cleofás descubrí 
otro pequeño detalle, nacido directamente del 
vientre de todos estos pensamientos: el cordón 
ceñido a su cintura imitaba la pose de Cristo 
crucificado. 

Las dos señoras que, unidas en comunión, 
habían admirado la belleza del cuadro, sentido el 
dolor de la escena y relatado la compleja historia 
de sus personajes, quizá no llegaran tan lejos en 
sus conclusiones sobre la obra; sin embargo, sus 
palabras y sus rostros reflejaban con sinceridad la 
maravilla que se exponía ante sus ojos: El 
Descendimiento es una fuente inagotable de 
belleza y simbolismo, una obra maestra que 
cautiva a todo el que la contempla. 

LA BIBLIOTECA DEL MUSEO DEL PRADO 

Pensé que quizá en la biblioteca del museo 
podría encontrar algún libro que confirmase los 
datos que había recabado de aquellas señoras y 
resolviese las pocas dudas que habían dejado en 
el aire referentes a la identificación de algunos

personajes y objetos. Pregunté por la localización 
de la biblioteca a una de las chicas que hacían 
tanto de vigilantes como de personal de atención 
al público. Me dijo que lo mejor sería acudir a 
algún punto de información, donde me indicarían 
como llegar; porque la biblioteca estaba fuera del 
museo. Ella iba precisamente hacia uno de esos 
puntos y me invitó a acompañarla. En el camino 
le comenté que aunque mi interés por la pintura 
era reciente ya había conseguido despertar en mí 
una misteriosa atracción, hasta el punto de que 
empezaba a envidiar a las personas que como ella 
podían permitirse el lujo de trabajar en aquel 
templo del arte. La chica me respondió que 
efectivamente consideraba un privilegio el poder 
trabajar en un museo como el Prado y que 
ciertamente era muy gratificante. Y me puso 
como ejemplo el de una compañera suya que 
haciendo de su trabajo su pasión había llegado a 
titularse doctora en arte. Asentí con la cabeza en 
señal de admiración y no pude evitar pensar de 
nuevo en el Reina Sofía, como hospital, y en los 
cuadros allí ingresados 942. 

942 elmundo 

Ya en el punto de información me indicaron 
que lamentablemente no era posible acceder de 
forma inmediata a la biblioteca para realizar las 
consultas que yo pretendía hacer, que había unas 
reglas bastante estrictas para el acceso. A mi
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