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lógico pensar que existiera un momento exacto en el cual aparecía de pronto toda la conciencia, sin haber existido nada de ella antes. De hecho, con la vida ocurría algo similar: el óvulo fecundado, el feto, el ser adulto, todos eran seres vivos, cada cual en su estado de evolución. Dictaminar que un ser no es un ser vivo por no llegar a un cierto peso me parecía un acto de anorexia intelectiva y un ejemplo de conciencia negativa para con el prójimo: que alguien pudiera llegar a querer con locura a uno de sus hijos, al tiempo que interrumpía voluntariamente el embarazo de otro, me llenaba de estupefacción, por lo contradictorio que parecía a primera vista. Pero aún más contradictorio me parecía que, aquellos que condenaban la interrupción, justificaran y apoyaran abiertamente la matanza indiscriminada de seres ya nacidos; o que, aquellos que criticaban la matanza de seres ya nacidos, reclamaran abiertamente su derecho a acabar con la vida de los que iban a nacer .¿cómo van a graduarse los alumnos de Medicina si se les expulsa de la carrera, incluso antes de nacer?; no hay futuro sin presente, ni presente sin futuro.. No parece lógico afirmar que un edificio no existe hasta que está finalizado y completamente operativo. El edificio existe desde el mismo instante de su concepción, aunque de otra manera: existe a nivel mental, o sobre plano, que es una existencia mínima si se quiere .o quizá

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máxima, por perfecta., pero absolutamente imprescindible, como lo es el cigoto para el ser adulto. Si lo que se desea es determinar el momento aproximado en el que se puede considerar al cerebro definitivamente adaptado a la realidad humana, más que recurrir al término «conciencia», quizá fuese más sensato recurrir al concepto de madurez, cédula de habitabilidad del cuerpo humano. Porque, ¿qué es la consciencia, sino un supervisor de un objetivo que unas veces se logra y otras no, pero que siempre busca la razón, si bien no siempre la encuentra? EL BIEN Y EL MAL ¿Y qué son el bien y el mal? En este contexto, el bien y el mal serían la calificación que la conciencia otorgaría a los estados mentales, ignorantes .por inconscientes. de su estado, espíritus que llaman a la puerta de la conciencia como el niño que pide permiso para salir a jugar a la calle. A veces, si la conciencia se despista, ocurre que el mal estado, ignorante de su mal, ansioso por jugar, irrumpe con tal ímpetu que ciega a la conciencia y sale a la calle sin permiso, sin que nada pueda hacerse ya para obligarle a entrar de nuevo en casa. Y entonces el mal se consuma, en mayor o menor grado. Así son los niños: ignoran las consecuencias reales de sus actos, o no les importan, que es lo mismo. «Este niño es un demonio», se oye decir, «menudo

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