cargo a las arcas públicas, eclipsaba un tanto la 
honestidad de su sacrificio. 

Todas estas razones me obligaban a concluir 
que el único remedio real para el mal de la 
política pasaba por reducir la gestión pública a su 
mínima expresión. Lo público debía ser como la 
red que protege al trapecista cuando le salen mal 
los números, y no una gigantesca hamaca en la 
que mecerse eternamente. Lo público debía ser 
como la escala, o la soga, que permite al 
trapecista subir hasta el trapecio, después de la 
caída: la escala es una escalera de mínimos, no 
una cómoda escalera mecánica. También habría 
que someter la gestión pública al más estricto de 
los controles externos, es decir, convertirla en 
absolutamente transparente: se tenía que poder 
saber .con el máximo grado de detalle posible. 
a dónde va a parar cada céntimo de euro del 
contribuyente. Los servidores públicos han de ser 
servidores públicos, y no todo lo contrario. Y es 
que las personas, que por naturaleza tienden 
libremente al egoísmo .por si acaso., dan la 
impresión de generar estructuras de poder 
hipertróficas, endogámicas, oscuras y poco 
eficientes, cuando se acurrucan en organizaciones 
políticas en torno al hogar del erario público y 
sueñan con ser motor de la sociedad, no siendo 
sino freno, pues, más que servirla, se nutren de 
ella, cual vampiros. El verdadero motor de la 
sociedad son las empresas; son ellas las que

juegan el verdadero papel en el desarrollo 
humano: la sociedad la construyen las personas, 
en la medida de sus posibilidades, y la destruyen 
los políticos, en la medida de sus imposibilidades. 
El Estado ha de limitarse a ser el árbitro de este 
juego, un árbitro imparcial, que dicte las leyes, las 
justas, en beneficio de todos, y supervise su 
cumplimiento, lo que incluye cuidar de que nadie 
se sienta desamparado. 

En un ajustado sistema bipartidista, tampoco 
parecía demasiado lógico que un partido político 
gestionara los impuestos de todos los ciudadanos, 
pues solo representaba a la mitad del electorado. 
Parecía más justo y eficiente que cada partido 
recibiera y gestionara su parte del presupuesto e 
hiciera algo más que pasarse la legislatura en la 
oposición, cobrando por hacer no se sabe muy 
bien qué. Así cada cual podría responder con sus 
obras ante sus electores. Y lo mismo podría 
decirse de un sistema multipartidista: cada partido 
debiera con su parte gestionar sus propios 
proyectos, individuales o en colaboración con 
otros partidos, detallados todos al céntimo en su 
programa electoral. Había que paralelizar la 
gestión política y ponerles a todos a trabajar para 
luego juzgarles por sus resultados. ¿En qué 
empresa trabajan sólo la mitad de los empleados? 
¿En qué colegio se examina sólo a la mitad de los
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