néctar dorado de la flor del consejero, del asesor, 
del directivo, flores irresistibles de las que 
extraían jugosas comisiones y sueldos con sus 
glotonas espiritrompas 875. Algunas de estas 
familias y superfamilias detenían su 
transformación en un complejo estado de 
crisálida fundacional o societaria; otras, aún 
menos dinámicas, se protegían con capullos de 
seda públicos, opacos e impermeables, de los que 
jamás saldrían. El infierno, convertido en sapo, 
no les quitaba ojo de encima, preparado para 
lanzar su ataque, para atraparlas a todas con su 
lengua protráctil, para aprisionarlas entre sus 
mandíbulas y cubrirlas de veneno, del que pudre 
cuerpo y alma. Y querrán morir y no podrán. 

875 elpais:[1 2] elmundo:[1 2 3 4 5] 

876 elpais elmundo:[1 2] elpais:[1 2] 

Cómo no iba el capital privado y público a 
agradecer a los buenos políticos sus gestiones al 
mando de la nave del país. A fin de cuentas, esa 
parecía ser su misión, facilitar el desarrollo del 
tejido social y empresarial, y con ello mejorar el 
bienestar de los ciudadanos, incluido el suyo 
propio. Aun así, el hecho de que la sociedad 
intuyera que los políticos, en su paso por lo 
público, reinaron con la vista .y la mano. 
puesta en esa recompensa ulterior 876, agasajando 
con favores a las grandes empresas, a diestra y 
siniestra, por activa y por pasiva, siempre con

cargo a las arcas públicas, eclipsaba un tanto la 
honestidad de su sacrificio. 

Todas estas razones me obligaban a concluir 
que el único remedio real para el mal de la 
política pasaba por reducir la gestión pública a su 
mínima expresión. Lo público debía ser como la 
red que protege al trapecista cuando le salen mal 
los números, y no una gigantesca hamaca en la 
que mecerse eternamente. Lo público debía ser 
como la escala, o la soga, que permite al 
trapecista subir hasta el trapecio, después de la 
caída: la escala es una escalera de mínimos, no 
una cómoda escalera mecánica. También habría 
que someter la gestión pública al más estricto de 
los controles externos, es decir, convertirla en 
absolutamente transparente: se tenía que poder 
saber .con el máximo grado de detalle posible. 
a dónde va a parar cada céntimo de euro del 
contribuyente. Los servidores públicos han de ser 
servidores públicos, y no todo lo contrario. Y es 
que las personas, que por naturaleza tienden 
libremente al egoísmo .por si acaso., dan la 
impresión de generar estructuras de poder 
hipertróficas, endogámicas, oscuras y poco 
eficientes, cuando se acurrucan en organizaciones 
políticas en torno al hogar del erario público y 
sueñan con ser motor de la sociedad, no siendo 
sino freno, pues, más que servirla, se nutren de 
ella, cual vampiros. El verdadero motor de la 
sociedad son las empresas; son ellas las que
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