moneda. Pero, ¿quién era el agresor y quién el 
agredido? Porque, el agredido, al defenderse del 
agresor, se convierte en agresor del agresor; y, de 
vencerle, le aguaría la fiesta, que terminaría en 
tragedia para el agresor, que no para el agredido y 
agresor del agresor. 

En Estudio de composición para Guernica IV, 
Picasso construía una pirámide con cúspide en el 
ojo del candil y base en la lanza en el suelo. En el 
polo opuesto del ojo, en la base, la mano del 
soldado. Y entre la llama y la mano, los animales. 
Mano… ojo… animales. Manojo de animales. La 
lanza se erigía en símbolo de la guerra. La llama, 
por ser ojo, por ser luz de oro negro, por ser 
cúspide de pirámide, se erigía en símbolo del oro, 
cual ojo de luz en la cúspide de la pirámide del 
billete de un dólar americano, diseñado en 1935. 

El personaje en la ventana acompañaba en el 
sentimiento a los personajes de la escena; se 
identificaba con ellos a través del dibujo, 
haciendo suyos los trazos del toro, del caballo y 
del soldado. Los tres personajes se fundían en uno 
solo, resumidos en el personaje en la ventana, 
conciencia de la escena. El cuello alzado de la 
yegua, su lengua y la forma oval de su cuerpo se 
sugerían con el brazo izquierdo alzado del 
personaje en la ventana, y con la forma de huevo 
de sus pechos. La orientación y alargada forma 
del toro, el hueco entre sus cuernos, su cabeza y 
sus genitales parecían proyectarse en el cuello del

personaje en la ventana, y en su cabeza, y en su 
brazo derecho extendido, y en la llama del candil, 
y en los pechos .por ser huevos.. El soldado 
aportaba como rasgos su brazo extendido, el 
objeto en su mano, su boca e incluso su casco, 
pues el casco y la cabeza sugerían la cabeza (74) 
de un ave, quizá un gallo: el gallo de pelea muere 
en el palenque mientras la gallina se resguarda en 
el gallinero, fuera de peligro, desde donde clama 
al cielo la muerte de su consorte. El gallo, el 
soldado y el toro son bravos por naturaleza: se 
movilizan raudos para la batalla y nunca rehúyen 
la lucha. Tras ellos, en el extremo opuesto, están 
las inmovilistas y edificadas cabezas, de 
conciencia gallina, de cara dura como el cemento, 
parapetadas tras inexpugnables defensas, cabezas 
que niegan el refugio intelectual al desprotegido, 
cabezas inmovilizadas de miedo o de espanto, 
cabezas que, si bien dicen estar a favor de la 
causa, no mueven ni un dedo por ella, o a lo más 
arrojan algo de luz sobre el asunto, pero muy 
poca, cual débil llama de un candil. La mujer 
asomada a la ventana, allí colada, heredaba 
tocado de iluminada ada. Así habló Picasso de la 
guerra, y de las familias golpeadas por la guerra, 
y de la pérdida de sus miembros: el brazo 
desprendido del hombre en el suelo del Guernica 
apuntaba en esta dirección.
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