
Paradójicamente, siendo así la realidad, no da la impresión de que la justicia social pueda alcanzarse con el «tanto más pagas, tanto más vale tu voto» sino con el sistema contrario. En un mundo de pícaros sedientos de oro 862, el equilibrio social sólo parece poder alcanzarse otorgando más peso a los votos de las personas menos pudientes. Si bien estas personas tenderían primero a salvarse a sí mismas .¿y quién no lo haría en sus circunstancias?., a medida que disminuyera su miseria disminuiría también su poder, al contrario de lo que le pasaría a los más ricos, con menor poder de voto, que incrementarían su poder al disminuir su riqueza, alcanzándose de esta forma cierto equilibrio. Y como por lógica natural la riqueza suele concentrarse en un número reducido de personas, se puede concluir, con cierta satisfacción agridulce, que el sistema tradicional de «una persona, un voto» se aproxima bastante al sistema ideal. El sistema tradicional, sin embargo, no es suficientemente flexible: un elector puede no ir a votar y con ello abstenerse; o ir a votar y hacerlo en blanco; tiene derecho incluso a votar nulo; pero en ningún caso le está permitido votar a más de un candidato al mismo tiempo. El sistema tradicional, por definición, más que unir divide salomónicamente a los ciudadanos, en unos y 862 elpais elconfidencial

otros, los polariza, y hasta genera radicales libres y perpetúa posturas irreconciliables. Siendo los unos los menos necesitados, siendo los otros los más, y siendo la política el arte de establecer mecanismos conducentes a convencer a los unos de que pueden y deben ayudar a los otros .y no el arte de robar para bien propio y de los amigos, y para mal de los enemigos., se hace necesario rediseñar el sistema de votación, actualmente basado en el todo o nada, para permitir a cada cual distribuir su solidaridad como le parezca oportuno. Para lograr este objetivo, el elector debiera de poder votar en la misma papeleta a tantos candidatos como deseara, dividiendo su voto entre ellos en la proporción por él elegida, que ni la verdad es patrimonio de nadie ni es justo imponer siempre pescado y no dejar probar la carne. El voto, como la luz, no es solo partícula, también es onda: alumbra el espectro político al pasar por el prisma de las urnas; proyecta las ideas de la fuente que lo emite. Y la luz tiene que ser coherente, como las ideas, que siempre hay que defender con transparencia, a cara descubierta 863. Y es coherente que al votante se le dote de un mecanismo flexible y efectivo, plural y democrático, que le permita expresar sus convicciones con exactitud y libertad. 863 larazon