
siquiera ante los ojos de grupos reducidos, ¿por qué se implementaba a escala nacional e incluso supranacional? Sólo se me ocurría una triple razón: porque era el sistema más simple; porque no existían medios para implementar otro mejor; y porque los que controlaban el sistema se garantizaban con él su permanencia en el poder. De hecho, tras la máscara de la democracia se escondía una bestia dictatorial bicéfala, controlada a saber por quién, alimentada de un sistema de mayorías parlamentarias que convertía a la democracia en dictadura de la mayoría. Esta democracia tan sumamente imperfecta, diseñada por y para los políticos, a imagen y semejanza suya, no se arregla modificando solo el sistema de voto mediante el cual los electores eligen a sus gobernantes, sino que también habría que modificar el sistema de voto mediante el cual los gobernantes elegidos ejercen su poder, pues no puede consentirse que una mitad ligeramente mayoritaria anule por completo a la otra mitad y la condene al limbo durante toda la legislatura, al tiempo que se permite a la mitad anulada cobrar por pasarse el día quejándose de no poder hacer nada. ¿De qué sirve una oposición impotente, u holgazana, o cobarde, por egocéntrica, incapaz de destronar al Gobierno que está hundiendo al país? Ciegos están los gobernantes. Sus ojos y sus corazones se cierran a la verdad. No quieren ver que no han de gobernar imponiendo su propia

voluntad, sino dejándose gobernar por ese ideal del bien llamado Dios. Gobernar a fuerza de imponer la propia voluntad es gobernar contra natura; es ser agua de un río y pretender ir contra corriente. Por eso, al tratar de conducir a la sociedad por el camino que ellos quieren, camino que solo a ellos beneficia, los gobernantes se dan de cabeza contra una roca indestructible, una y otra vez; y aun así insisten, pues su sueño es traspasarla. Qué ignorantes. La roca no está para ser traspasada; está para impedir el paso, para indicar el camino correcto, por contraposición. Pero a ellos lo mismo les da, pues es la sociedad que les protege la cabeza, y no ellos, quien sufre todos esos golpes. Cuánto tiempo perdido. Cuánto sufrimiento. Cuánta sangre derramada. Muertos están en vida, los gobernantes. ¿Hasta cuándo tendrán que golpearse la cabeza en la misma piedra para que se les abran los ojos y vean la verdad 809? Hasta que la sociedad, hasta el gorro de todos ellos, se niegue a servirles de casco. 809 Juan 10, 20-21 vatican:[español latín] latinvulgate biblos En cuanto al sistema de voto mediante el cual la electores eligen a sus gobernantes, qué decir de un sistema ciego de espíritu, que valora por igual la opinión de todos los electores, equiparando la del elector más ejemplar a la del menos ejemplar. A quién beneficia este sistema sino a los menos