reina la calma. Para lograr su fin, Hokusai pinta 
para un espejo colocado bajo la obra, un espejo 
que es el mar en calma en el que se refleja la 
tempestad. Y para que no quepa duda de su 
objetivo, convierte la gran ola en la mitad exacta 
de la cabeza de un dragón, el dragón del océano, 
y sitúa esta cabeza en un extremo de la obra, 
perfectamente alineada en vertical, y orientada 
hacia arriba. Para contemplar la cabeza completa 
hay que situar un espejo justo a la izquierda de la 
obra. Así introduce Hokusai la idea de que los 
espejos son necesarios: tras convencer, a quien 
contempla La gran ola de Kanagawa, de lo 
necesario que es reflexionar, de lo necesario que 
es el espejo de la reflexión que transforma la 
tempestad en calma, que permite ver la calma a 
través de la tempestad, Hokusai espera que el 
observador sea capaz de dar el siguiente paso y 
coloque el otro espejo. Al hacerlo se produce el 
milagro y aparece la cabeza completa e 
inconfundible del dragón, la tempestad, que se 
refleja sobre la superficie del mar en calma. Es 
ahora cuando La gran ola de Kanagawa adquiere 
su máximo sentido; es ahora cuando se descubre 
el porqué de la proa que remonta la gran ola, y el 
porqué de los hombres que en ella navegan; es 
ahora cuando se comprende el título que Hokusai 
escribió sobre la propia obra .«......» 
[Kanagawa (Kanagawa) Oki (Gran) Nami (Ola) 
Ura (Debajo)]. Debajo de la gran ola de

Kanagawa; porque es allí donde está el dragón 
del océano y el mar en calma que lo refleja. 
Incluso el título, Debajo de la gran ola de 
Kanagawa, escrito encima de la gran ola de 
Kanagawa, invita a invertir la obra reflejándola 
en un espejo. En La gran ola de Kanagawa y en 
su reflejo vertical, Hokusai pinta al dragón del 
océano .la tempestad. mientras reposa de 
espaldas sobre el océano en calma. En el cuello 
de la ola que es el del dragón, Hokusai pinta el 
monte Fuji, que hace de nuez en la garganta. 
Donde otros no ven más que tempestades, el 
dragón percibe la eterna quietud del universo. 
Todas las obras de la serie Las treinta y seis 
vistas del monte Fuji, serie a la que pertenece La 
gran ola de Kanagawa, todas menos esta, tienen 
como denominador común la armonía espiritual, 
la integración de los elementos en un todo 
equilibrado. La única excepción a esta regla es La 
gran ola de Kanagawa: la violencia de la imagen 
predomina, desequilibra la balanza. Sin embargo, 
al integrar la obra con su reflejo, el yang se 
reencuentra con el yin y se alcanza el perfecto 
equilibrio. Hasta el título de la serie, Las treinta y 
seis vistas del monte Fuji, invita a la reflexión, a 
la contemplación y al análisis de la realidad desde 
todos sus puntos de vista. 

Entender la obra de Picasso es algo más que 
darse cuenta de que en Madre con niño muerto IV 
hay un caracol, o que bajo él hay una sombra, o
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