Ya desde niño, mi amigo no cesaba de darle 
vueltas a la forma de acabar con las 
desigualdades tan extremas que se daban en el 
mundo. Le resultaba inadmisible que unos pocos 
se hartaran de bienes mientras los más no tenían 
ni para comer. Un día me abordó exultante en el 
colegio, durante el recreo: «Por fin he dado con la 
solución», me dijo. No se refería a la fórmula del 
paro, sino a un nuevo proyecto, destinado a 
erradicar la pobreza y nivelar la balanza de las 
desigualdades. De inmediato pasó a explicarme 
los detalles de su proyecto, al que bautizó con el 
nombre de «IR». Decía ahora mi amigo que para 
erradicar la pobreza y nivelar la balanza de las 
desigualdades había que crear dos nuevos tipos de 
cuentas bancarias, iguales en todos los países: una, 
a la que bautizó como «I», serviría sólo para 
realizar ingresos, mientras que la otra, a la que 
denominó «R», serviría sólo para efectuar 
reintegros. Cualquier persona podría ingresar 
libremente en una cuenta «I» las cantidades que 
deseara, cuando lo deseara, incluso a través de la 
declaración de la renta, que se habría de 
modificar para incluir una casilla de marcaje 
opcional, una asignación tributaria «a los más 
pobres» 683. Sin embargo, sólo los más pobres 
podrían tener una cuenta «R» asociada a esa 
cuenta «I». El método para redistribuir la riqueza 

683 google

era curioso: el primer día del mes se calculaba el 
saldo total sumando el saldo de la cuenta «I» al 
de sus cuentas «R», saldo que luego se dividía 
por el número de cuentas «R», que pasaban a 
tener como saldo final el resultado de la división. 
Durante el mes, el titular de una cuenta «R» podía 
retirar hasta un máximo de un cuarto del saldo 
total de su cuenta, pero sólo si había cumplido 
una serie de condiciones a lo largo del mes 
anterior. Las condiciones que imponía mi amigo 
para poder retirar el dinero eran, por ejemplo, la 
escolarización de los hijos, el no cometer delitos, 
o algún tipo de colaboración social, algo que se 
pudiera probar con algún documento expedido en 
ayuntamientos, comisarías, colegios, etc. De esta 
forma tan sencilla, decía mi amigo, el planeta 
Tierra llegaría a convertirse en un inmenso 
corazón, lleno de solidaridad, que latiría una vez 
al mes para llevar el dinero .sangre de la 
economía. directamente a aquellos que más lo 
necesitaran, sin pasar por intermediarios 
demasiado amigos de lo ajeno 684. Y así, poco a 
poco, al reclamo del capital comenzarían a surgir 
en el seno de las comunidades más 
desfavorecidas todo tipo de pequeños negocios, 
que ofertarían, al principio, bienes y servicios 
primarios que, con el tiempo, podrían evolucionar 
hasta llegar incluso a generar empleo. Sería una 

684 elpais
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