
SEXTA JORNADA EN EL HOSPITAL Marianne caía al vacío, a un fondo de fuego ardiente, y yo no podía evitarlo, ni tan siquiera moverme, atrapado como estaba en el espacio- tiempo. «¡Marianne!», grité desesperado. Y, entonces, desperté, angustiado aún por la terrible pesadilla. Miré a mi alrededor intentando encontrar a Marianne; pero no la hallé. «¿Dónde estoy?», pensé, aún algo aturdido. Y, de pronto, recordé todo lo que había sucedido aquella trágica tarde. Y me derrumbé. Y vi que estaba tumbado en una cama, en una habitación que supuse de hospital, a tenor del mobiliario. Los rayos de sol atravesaban frontalmente un enorme ventanal que se extendía casi de pared a pared, y caían sobre mí. Su intensa y calurosa luz impactaba en mi perfil izquierdo.

No me encontraba muy católico, no. A decir verdad, estaba hecho un cristo: la cabeza, parcialmente vendada; el antebrazo izquierdo, escayolado; el brazo derecho, salpicado de cortes y cardenales… Me dolían hasta los párpados. No había más cama que la mía en aquella generosa habitación. ¿Quién me habría puesto aquel pijama corto, azul celeste? Frente a mí, tendida en el respaldo de dos sillas, se reponía mi ropa de su particular martirio: la camisa era lienzo de una nueva obra maestra, pintada en acuarela de sangre; a su lado colgaba el pantalón pirata, que había sufrido igual destino. A saber en qué condición estaría todo cuanto llevaba en los bolsillos: la libreta con mis anotaciones, recortes del Legado Picasso de 1981, recortes de obras de otros autores, el regalo de Marianne, mi cartera, las llaves… Intenté incorporarme. .No se levante. No es necesario .escuché decir. Y al mirar al frente, hacia mi derecha, hacia el tramo de pasillo que debía de conducir hacia la puerta, vi entrar a un doctor acompañado por una mujer vestida de uniforme militar. .¿Qué tal se encuentra? .me preguntó el doctor. .Sinceramente, no es eso lo que me preocupa, doctor .respondí pensando en Marianne..