derramar una sola gota de sangre, sin oírse un 
solo grito de dolor. Y el mal desapareció del 
mundo por completo. Y se oyeron grandes 
alabanzas al Creador por su infinita compasión y 
sabiduría. Y en el nuevo mundo todos eran uno y 
todo era bueno. Y la luz, radiante, era luz de vida 
y esperanza. Y vi cómo la luz se hizo aún más 
intensa y gozosa. Y vi surgir a Marianne de entre 
la luz, cual ángel sonriente. Y me llamaba. Y 
tendía sus brazos hacia mí. Y yo alcé los míos 
hacia ella, deseando abrazarla. Y ella se acercó y 
tomó mis brazos entre los suyos. Y se acercó más, 
hasta casi poder sentir su aliento fresco y lleno de 
vida sobre mi cara. Y se acercó más. Y sentí que 
Marianne se filtraba a través de mi piel, que 
llegaba hasta mis venas, que recorría todo mi 
cuerpo hasta lo más profundo de mis entrañas, 
fundiéndonos los dos en un solo ser, 
abandonando el viejo mundo para entrar en el 
nuevo. Y cuando la transformación se hubo 
consumando perdí la conciencia.

 

SEXTA JORNADA 

EN EL HOSPITAL 

Marianne caía al vacío, a un fondo de fuego 
ardiente, y yo no podía evitarlo, ni tan siquiera 
moverme, atrapado como estaba en el espacio-
tiempo. «¡Marianne!», grité desesperado. Y, 
entonces, desperté, angustiado aún por la terrible 
pesadilla. 

Miré a mi alrededor intentando encontrar a 
Marianne; pero no la hallé. «¿Dónde estoy?», 
pensé, aún algo aturdido. Y, de pronto, recordé 
todo lo que había sucedido aquella trágica tarde. 
Y me derrumbé. 

Y vi que estaba tumbado en una cama, en una 
habitación que supuse de hospital, a tenor del 
mobiliario. Los rayos de sol atravesaban 
frontalmente un enorme ventanal que se extendía 
casi de pared a pared, y caían sobre mí. Su 
intensa y calurosa luz impactaba en mi perfil 
izquierdo.
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