
volví en mí. Y al abrir los ojos vi la luz cegadora de la lámpara que colgaba del techo de la escalera. Y entre la bruma que formaban las pequeñas gotas de agua que caían del techo surgió un arco iris, y sobre él, sentado, vi a un sadhu en meditación. Y oí su voz profunda, pero no le vi mover los labios: «Pienso que no existo», repetía insistente, con la lentitud propia de un mantra sagrado. Y alrededor del arco iris surgieron treinta diosas de cuerpos perfectos. Y vi que solo vestían coronas de tallas fantásticas y largos collares y brazaletes de oro, adornados con piedras preciosas. Y tras ellas vi la Fuente de la Vida: llegaba hasta el cielo; de sus caños manaba el dulce néctar de la eternidad. Y las diosas me convocaban con encantos; pero el recuerdo de Marianne inundó mi mente. Y al sentir que los brazos de las diosas me retenían grité «¡Soltadme!»; pero siguieron tirando de mí hacia ellas, pronunciando mi nombre. «¡Dejadme!», volví a gritar. Y con el cuerpo dolorido intenté arrastrarme de nuevo hasta la escalera. Sentí mis ropas empapadas, me agarré a los barrotes de la barandilla y volví a ver en ellos mi rostro reflejado, cubierto de sangre. Y al llegar al primer peldaño me desvanecí, y caí rodando como un muñeco de trapo. Cuando llegué al siguiente rellano ya no sentía mi cuerpo. Y volvieron las alucinaciones. Vi un inmenso ojo rodeado de instrumentos, y a una virgen que depositaba allí a

su primogénito. Y oí al primogénito crear el mundo a partir de la música, en seis días. Y le oí crear el Edén, y poner allí al hombre y a la mujer, y a su hijo. Y les oí trabajar la generosa tierra, y recoger sus frutos, y reír, y quererse. Pero también oí a una serpiente de escamas brillantes y coloreadas, que trepó por el árbol del conocimiento del bien y del mal. Y la oí convencer al hombre y a la mujer para que probaran del fruto del árbol. Y oí cómo en el instante en el que se consumó el engaño, y los dos comieron de lo prohibido, surgió de los abismos un gran demonio envuelto en música infernal, riendo atronadoramente, su frente grabada con la marca del dinero. Y oí cómo devoraba al hijo del hombre y de la mujer. Y cómo ambos se horrorizaron al verlo. Y cómo derramaron lágrimas de agonía y huyeron desesperados, sin mirar atrás. Y cómo después de haber huido durante días siguieron huyendo durante años hasta llegar a las antípodas, donde, agotados, decidieron parar y establecerse. Y allí les oí sembrar la semilla del árbol de la vida. Y allí oí nacer de nuevo al mismo hijo, exactamente al mismo hijo, que de aquella forma insospechada volvía a la vida. Y todo fue alegría y alabanzas al Creador por su misericordia. Y oí al hijo crecer. Y oí cómo, con el tiempo, el hijo renunció a la tranquilidad del hogar y salió a conocer mundo. Y también oí cómo vivió en tierras extrañas; y cómo,