por mi rostro también caía sangre. Y la vi gotear 
sobre un charco rosado. 

A rastras llegué hasta la barandilla de la 
escalera. Intenté incorporarme agarrándome a los 
verticales barrotes tubulares de aluminio: en ellos 
vi mi rostro distorsionado, envuelto en sangre. 
Pero el mareo se acentuó, se me nubló la vista, 
perdí las fuerzas y quedé tendido en el suelo. 

Oí ruidos. Abrí los ojos. Creí ver una escalera 
de mano apoyada sobre la pared, al final del 
pasillo y, junto a ella, a un hombre en traje gris 
que me mostraba una especie de sábana amarilla 
junto a una cámara fotográfica. Intenté de nuevo 
incorporarme. Estaba casi ya de rodillas, junto al 
primer escalón, cuando volví a marearme y 
desfallecí. Caí rodando escaleras abajo hasta el 
siguiente rellano. Quedé tendido en el suelo boca 
arriba y sin sentido. Y en mi mente vi a un 
hombre, a un famoso músico y egiptólogo, dentro 
de una pequeña pirámide, en mitad de la cámara 
mortuoria, interpretando .como si de partituras 
se tratase. los jeroglíficos que llenaban las 
paredes. Y lo hacía con un instrumento musical 
que el mismo había inventado sólo para ese fin. Y 
le oí tocar la sexta sinfonía de Tutankovsky, en 
Ra mayor, para alma y sarcófono, una obra 
hechizante, la más brillante y a la vez oscura 
sinfonía que jamás se hubiera compuesto para ese 
ingenioso instrumento, que se tocaba desde 
dentro. Y entonces se hizo un gran silencio, y

volví en mí. Y al abrir los ojos vi la luz cegadora 
de la lámpara que colgaba del techo de la escalera. 
Y entre la bruma que formaban las pequeñas 
gotas de agua que caían del techo surgió un arco 
iris, y sobre él, sentado, vi a un sadhu en 
meditación. Y oí su voz profunda, pero no le vi 
mover los labios: «Pienso que no existo», repetía 
insistente, con la lentitud propia de un mantra 
sagrado. Y alrededor del arco iris surgieron 
treinta diosas de cuerpos perfectos. Y vi que solo 
vestían coronas de tallas fantásticas y largos 
collares y brazaletes de oro, adornados con 
piedras preciosas. Y tras ellas vi la Fuente de la 
Vida: llegaba hasta el cielo; de sus caños manaba 
el dulce néctar de la eternidad. Y las diosas me 
convocaban con encantos; pero el recuerdo de 
Marianne inundó mi mente. Y al sentir que los 
brazos de las diosas me retenían grité 
«¡Soltadme!»; pero siguieron tirando de mí hacia 
ellas, pronunciando mi nombre. «¡Dejadme!», 
volví a gritar. Y con el cuerpo dolorido intenté 
arrastrarme de nuevo hasta la escalera. Sentí mis 
ropas empapadas, me agarré a los barrotes de la 
barandilla y volví a ver en ellos mi rostro 
reflejado, cubierto de sangre. Y al llegar al primer 
peldaño me desvanecí, y caí rodando como un 
muñeco de trapo. Cuando llegué al siguiente 
rellano ya no sentía mi cuerpo. Y volvieron las 
alucinaciones. Vi un inmenso ojo rodeado de 
instrumentos, y a una virgen que depositaba allí a
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